Israel Sanz: «Las doctrinas de la gracia están avivando la iglesia»

Will Graham (WG): ¿Cómo supiste que Dios te llamaba al ministerio?

Israel Sanz (IS): Esta convicción fue formándose lentamente en mi corazón. Recuerdo algunos momentos durante mi niñez en los que me sentía atraído por la idea de ser misionero en tierras distantes y hablar de Cristo a personas que nunca habían escuchado de él. Otras veces, me imaginaba hablando de la Biblia.

Pero fue a partir de los diecinueve años, tras una intensa experiencia en la que el Señor me llevó a poner orden en varias áreas de mi vida, cuando, de forma súbita e irrefrenable, el deseo de dedicar mi vida entera al servicio de Dios y de su pueblo se convirtió en un fuego en mi alma.(image) Israel Sanz y su familia.

Estaba hambriento de conocer a Dios y, por tanto, me entregué con entusiasmo al estudio de las Escrituras y la oración. Comencé a sentir una seria preocupación por la salud espiritual de las personas que me rodeaban. Músicos y estrellas del deporte, a quienes había admirado, perdieron su influencia en mi mente.

Ahora, mis referentes eran predicadores, misioneros, pastores. Por aquel entonces, cursaba estudios de Magisterio, pero todos mis pensamientos giraban en torno a cómo dedicar mi vida más plenamente al Señor, cómo compartir con mis amigos los tesoros que estaba descubriendo en las páginas de la Biblia y cómo estimularles a la santidad y la comunión con el Dios trino.

Era notable que el Espíritu Santo estaba afectando mi vida de forma radical, y pronto se me presentaron las primeras oportunidades para hablar, primero a los jóvenes y después a toda la congregación.

Fue una alegría comprobar que, el Señor, en su bondad, estaba usando mi torpe concurso para hacer proezas en la vida de algunos.

En ese tiempo, varios hermanos maduros en el Señor, me animaron a considerar la posibilidad de consagrarme al ministerio. Otros, en momentos y formas providenciales, confirmaron el llamado con palabras que no pude sino recibir de parte del Señor.

Todo esto convirtió el leve susurro que había oído en mi niñez, en un grito ineludible que me seducía.

Israel Sanz es pastor en la Iglesia Bautista de Córdoba.

WG: ¿Cómo podemos saber si Dios nos ha llamado a ser predicadores?

IS: No hemos de esperar que esta convicción se geste de igual manera en todos. Dios se vale de muchas formas (algunas espectaculares y extraordinarias, otras más “naturales”) para convocarnos a la tarea de predicación.

Sin embargo, aunque cada uno tendrá una experiencia particular, creo que hay rasgos comunes que haremos bien en tener en cuenta. Nadie debería sentirse llamado a este ministerio si no reconoce, las siguientes marcas en su propia vida:

  • Una experiencia genuina del amor de Dios en Cristo y la eficacia del Evangelio. La motivación más grande para servir al Señor como predicador es haber gustado el amor de Cristo. El apóstol Pablo lo dijo de esta manera: “Porque el amor de Cristo nos constriñe…” (2ª Corintios 5. 14). Nadie debería poner su pie en este camino hasta estar seguro de que no lo hace para que Dios lo ame más, sino porque Dios ya le ama en Cristo como no se puede amar más.
  • Un celo por la gloria de Dios. Un deseo intenso y sincero de que el nombre del Señor sea santificado en el santuario del propio corazón y en el universo entero.
  • Un amor por la verdad revelada en las Escrituras. Sin una convicción de que es Dios quien habla en las páginas de la Biblia, y un profundo celo por conocer sus tesoros y vivir bajo su autoridad, dudo que pueda existir un llamado que lleve el sello divino.
  • Una “carga” del Señor. El predicador no es un orador, es un profeta bajo la solemne responsabilidad de enseñar, reprender, consolar, corregir y guiar al pueblo con un mensaje del Cielo que pesa sobre su corazón. Si una persona no sabe nada de este tipo de presión, no ha sido llamada para este trabajo. Hará bien en dedicarse en cuerpo y alma a servir a Cristo en otras labores, tan santas y espirituales como ésta.
  • Una preocupación sincera por la salvación y la salud espiritual de las personas. Alguien dijo que “… la maldición del púlpito es la superstición de que un sermón es una obra de arte y no un trozo de pan o carne”. Cuando los afectos giran en torno a los placeres intelectuales del estudio y la emoción de encarar la audiencia con un mensaje apasionado, la persona no está preparada para ser un buen ministro de Cristo. Sin amor, sin compasión, sin un verdadero interés en el bien de los que oyen, el predicador vendrá a ser un exhibicionista hambriento de aplausos o un mero profesional atado por el deber. El que no suspira por ver florecer los corazones de los demás bajo la luz de la verdad de Dios, difícilmente habrá sido llamado al ministerio de la predicación.
  • Evidencias, aunque sean incipientes, del respaldo divino sobre el trabajo espiritual. Si alguien cree haber sido llamado al ministerio de predicación pero encuentra que los que están expuestos a sus labores no obtienen de sus esfuerzos un verdadero beneficio espiritual, tal vez la persona esté confundida en cuanto al lugar que debe ocupar en el Cuerpo de Cristo. Es sabio considerar qué piensan aquellos hermanos que han caminado con Dios. Su discernimiento espiritual puede ser muy valioso a la hora de verificar el llamado y los dones.

WG: ¿Cómo sueles preparar un sermón?

IS: Aunque no siempre lo he hecho así, desde hace años predico series de mensajes consecutivos de libros enteros de la Biblia. Considero que, en condiciones normales, este método es el que más beneficios reporta a una congregación. Procuro estar atento a la dirección del Espíritu de Dios para la elección de los libros a exponer. En este sentido, el equipo pastoral y los hermanos que integran el Consejo de la iglesia, son de mucha ayuda a la hora de discernir las necesidades de la iglesia.

Desde luego, procuro ser sensible a cualquier necesidad puntual que requiera que, en un momento dado, se suspenda la secuencia planeada, a fin de abordar otros temas.

Pero, en general, una vez iniciada la serie, no tengo que preguntarme al comenzar la semana qué texto predicaré el próximo domingo. Abro la Biblia en el punto donde lo hemos dejado, y encaro la siguiente porción.

El lunes suelo leer detenidamente el pasaje y “recorrerlo en oración”, meditando en él mientras camino. Dejo que el texto vaya empapando mi pensamiento y calentando mi corazón. En ocasiones, hago algunas anotaciones en mi diario.

Calculo que dedico entre dos y tres días completos a la preparación formal del mensaje. Invierto las primeras horas en estudiar el pasaje en su contexto literario. Para ello, cuento siempre con varias versiones bíblicas y algún buen léxico.

Trato de entender el significado de las palabras en su contexto, las frases, los párrafos. En definitiva, procuro, con la mayor precisión de la que soy capaz, responder la pregunta: ¿qué dice el texto?, ¿qué quiso decir el autor?, ¿qué significó para los receptores originales?

A medida que avanzo en mi estudio, me valgo de algunos folios para escribir sin mucho orden, listas, bosquejos del pasaje, definiciones, referencias, pensamientos diversos que van abriéndose paso en mi mente y que quiero retomar más adelante.

Echando mano de algunos comentarios de confianza, investigo las cuestiones relacionadas con el trasfondo histórico-cultural y contrasto mi estudio con las notas de algunos eruditos bíblicos.

Procuro leer estos materiales con gran respeto, pero sin que me priven de pensar mis propios pensamientos.

Tras esto, presto especial atención a reconocer los principios teológicos que subyacen en el texto y de qué forma estas verdades pueden aplicarse a la vida de las personas a las que debo dirigirme en nombre de Dios.

(En realidad, es frecuente que, a estas alturas, estas cuestiones hayan ido surgiendo en la anterior fase de mi estudio. Tal vez, mientras investigo el significado de un término, irrumpe en mi mente con claridad la manera en que ese concepto es pertinente para el vigor espiritual del rebaño que pastoreo. Lo que quiero decir es que, en mi caso, la preparación no es un proceso mecánico, ordenado en una secuencia inalterable. De hecho, con frecuencia, puede parecer a simple vista muy anárquico).

Reconozco con gozo que, en ocasiones, me ha sido muy útil escuchar o leer algún sermón sobre el mismo pasaje. El Señor se ha valido de muchos de sus siervos para afinar mi precisión, ampliar mi campo de visión para aplicar las verdades contenidas en el pasaje, e incluso corregir algunas de las conclusiones erróneas a las que había llegado.

Antes de bosquejar el sermón y redactarlo, establezco en mi mente el propósito del mismo. Luego, siento la necesidad de orar y calibrar las verdades y sus aplicaciones en la presencia del Señor. Busco “sentir” la potencia y admirar la belleza de la porción bíblica.

Necesito que el Señor abra más y más mi entendimiento para comprender su importancia para nuestras vidas y me deje experimentar la “presión” de su amor por su nombre y por su pueblo.

A lo largo de mi ministerio, el Espíritu Santo ha usado estos momentos para afinar mi alma. Sin estos tiempos, sé que mi corazón se arrastraría hasta el púlpito y las verdades saldrían de mi boca sin calor y sin fuerza, como una flecha disparada con la mano.

En la fase final de la preparación, bosquejo el sermón, estableciendo los puntos principales y los subpuntos correspondientes y, finalmente, redacto por completo el documento, añadiendo las explicaciones, textos de apoyo, ilustraciones, aplicaciones que, mayormente, he ido recopilando a lo largo del proceso.

Dejo para el final la redacción de la conclusión y la introducción.

Minutos antes de ir a la reunión en la que tomaré el púlpito, leo el documento subrayando las ideas más sobresalientes y destacando en un círculo las palabras clave que me ayudarán a recordar los principales argumentos sin necesidad de seguir la lectura frase por frase.

Sanz nombra a sus padres como «héroes en la fe».

WG: ¿Puedes nombrar algunos de tus héroes en la fe?

IS: En un lugar destacado, debo colocar a mis padres. Ambos han sido un ejemplo de integridad, piedad, amor por la familia, celo por la salud de la iglesia, compromiso, generosidad y verdadera espiritualidad.

Guardo como un tesoro en mi memoria la imagen de mi padre de rodillas, en la penumbra del salón, buscando el rostro del Señor cada día antes de que amaneciera. Yo solía madrugar para estudiar (nunca he podido hacerlo de noche), pero él siempre se me adelantaba.

Allí, sin palabras, hería mi conciencia adolescente cuando se torcían mis pasos y me enseñaba que la fuerza no es del hombre; que todo don perfecto viene de lo alto, que las batallas se libran con las armas del Espíritu; que el cristianismo es más que un credo y que el hogar es santuario.

Sería imposible hacer un recuento de las veces que el Señor le visitó con nuevas efusiones de su Espíritu antes de salir de aquella habitación.

Mi madre es también una mujer de oración, aunque pocas veces la vimos en sus devociones privadas. Conoce a su Dios. Y no puedo imaginar cuántas veces el Cielo se ha inclinado a nuestro favor en respuesta directa a sus plegarias.

Se mueve como pocas en cada rincón del hogar. Siempre aboga por los débiles. Está contenta con lo que tiene. Es generosa en su servicio. Derrocha virtud, pero nunca busca exhibirse.

Han pasado los años y sus fuerzas ya no son las mismas, pero ambos siguen sirviendo al Señor con ilusión. De la lista de mis héroes, ellos son los primeros.

Otros siervos de Dios que han dejado una huella profunda en mi vida han sido el hermano Roger Wolcott y mi pastor Antonio Gómez, quien ya está con el Señor y de quien recibí el relevo en enero de 2006.

Además, amo y admiro al apóstol Pablo. Su entendimiento de la gracia y el espectáculo de su vida agradecida a Dios por la salvación hallada en Cristo, son un constante estímulo para mi corazón.

También he sido poderosamente influido por los piadosos escritos de A. W. Tozer, Martyn Lloyd-JonesC. H. Spurgeon y, más recientemente, John Piper.

El pastor galés Martyn Lloyd-Jones (1899-1981).

WG: ¿Cuáles son las características de un buen predicador?

IS: Además de las marcas destacadas en la respuesta a la segunda pregunta, cabría destacar las siguientes:

  • Fidelidad a la Palabra. El predicador es un embajador. El mensaje no es suyo. No tiene la libertad de acomodar el mensaje al gusto de la época y despojarlo de esos elementos ofensivos que ponen en un aprieto el orgullo. Su tarea consiste en ponerse delante de las personas y publicar con precisión lo que se le ha dicho. Debe predicar sin recortes ni añadidos. Sin piruetas exegéticas y maniobras a fin de adoctrinar los textos. Debe abrir la Biblia, leerla, explicarla en su contexto y aplicarla con autoridad, esperando que el Señor Todopoderoso se sirva de ella para adelantar su obra. En la medida en que se sujete al texto inspirado, dará lugar al Espíritu; y en la medida en que se aleje de él, dará ocasión a la carne y al Diablo. Fuera del texto bíblico el predicador no tiene mensaje alguno.
  • Santidad. El predicador es, sobre todo, una persona apartada para el Espíritu Santo. La persona que ha sido llamada para hablar a los hombres de parte de Dios, debe, sin excusas “vivir en su presencia”, apartado de toda influencia del mal. Al tiempo que ama a los pecadores y los busca, ha de mantenerse lejos de sus vicios y sus caminos.
  • Seriedad. El que juega en el púlpito difícilmente será de alguna utilidad. El predicador deber ser consciente de la dignidad del Dios que le envía; de la intensidad de su amor y de sus prerrogativas. Por otra parte, ha de comprender la importancia y la urgencia de la tarea que se le ha encomendado. De esta manera, aunque, ocasionalmente hable de algunos asuntos con ciertas dosis de humor, el tono general de su mensaje será serio, grave, marcado por un sentimiento profundo y solemne.
  • Sinceridad. Es imperativo que el predicador crea lo que dice en el púlpito y lo practique de todo corazón cuando no está en él. Debe responder en fe y obediencia al mensaje que proclama. La hipocresía es incompatible con el ministerio cristiano, especialmente, el de predicación.
  • Claridad. Por amor, debe procurar ser claro a fin de conducir con sencillez a los oyentes a un entendimiento de las verdades eternas. El predicador que invierte su energía en ser brillante y ser reconocido por su originalidad, conocimiento o destreza, es muy probable que sacrifique la claridad en un buen número de ocasiones. Tal vez arranque algunos aplausos de los oyentes más mundanos, pero defraudará a su Señor y a sus hermanos.
  • Pasión. Fue G. Campbell Morgan el que dijo: “… en el sermón verdadero siempre debe haber pasión… habiéndosele dado al predicador un mensaje de toda la Biblia, y viendo que tiene que ver con la vida en cualquier punto, personalmente no puedo comprender que ese hombre no sea arrastrado algunas veces fuera de sí mismo por el fuego, la fuerza y el fervor de su trabajo”.Pues eso. Un predicador que no vibra al hablar de los misterios de Dios, está “enfermo”. Necesita retirarse y asirse de Dios lejos de los ruidos hasta que, de nuevo, su alma dance y tiemble bajo el peso de la verdad.
  • Valentía. Aquellos que no han recibido el amor por la verdad buscan maestros que no les “corten el rollo”. Predicadores “guays”, con mensajes “guays” que aquieten sus temores.Pero, con frecuencia, el predicador tendrá que denunciar el pecado y reprender y herir las conciencias de los hombres. El que aspira a ser querido por todos se descalifica a sí mismo de esta tarea. Quien ha sido puesto por Dios como predicador, debe solicitar del Señor la gracia de estar dispuesto a entregar, llegado el momento, la propia vida en defensa del Evangelio.
  • Humildad. Por una parte, el predicador debe estar enfocado en la gloria de Cristo. Esa debe ser su única ambición. Si busca hacerse un nombre, arruinará su alma. Por otra, debe confiar no en sus recursos y habilidades naturales, sino en la bondad de Dios y el suministro inagotable del Espíritu Santo.
  • Disciplina. La predicación es una labor exigente. Requiere estudio constante. No podrá llevar mucho fruto el que se entrega en brazos de la pereza. Si dejamos de orar y estudiar, pronto estaremos secos y todos lo notarán con tristeza.Además, el predicador debe ordenar su vida entera para mantener el buen todo espiritual. No predicará bien el que vive instalado en el desorden en cuestiones como la alimentación, la vida familiar, el descanso. Si anhelamos la bendición del Cielo, debemos ejercitarnos en el dominio propio para la gloria de Cristo.
  • Ternura, amabilidad. El siervo de Cristo no debe ser agresivo, antipático o brusco. No debe ser impaciente, sino tierno, amable, armado de la dulce bondad de Dios.
Sanz predicando en su iglesia local (Córdoba, España).

WG: ¿Qué tipo de peligros enfrentan a los predicadores en nuestros días?

IS: Vienen a mi mente varias tentaciones que aguardan al predicador agazapadas en la senda del ministerio. Podríamos hablar del desánimo ante la falta de fruto, el profesionalismo, el temor al hombre, la mundanalidad, pero solo señalaré tres de los peligros ante los que debemos estar más en guardia.

Uno de los más insidiosos es el de convertir el ministerio en un ídolo.

En este sentido, siempre tengo presente las palabras que Jesús dirigió a los setenta tras regresar rebosantes de alegría de la misión evangelística en las aldeas:

“Pero no os regocijéis de que los espíritus se os sujetan, sino regocijaos de que vuestros nombres están escritos en los cielos”. (Lucas 10:20)

Los predicadores están eufóricos. Han visto la gloria de Dios. Han sido usados poderosamente. El Cielo ha coronado sus esfuerzos con un éxito que les sobrecoge. Y es aquí donde están en peligro de caer en la tentación de hacer del ministerio la fuente de su gozo, de su identidad, de su seguridad, de su sentido de importancia.

Amar y honrar el ministerio es algo bueno. Pero amarlo demasiado es una trampa. Cuando el pastorado o el ministerio de predicación se convierten en un ídolo, los días de gozo están contados. Porque más pronto que tarde, sin percatarnos, dejaremos el suave yugo de Cristo para ponernos bajo el pesado y amargo yugo de un tirano. Los ídolos prometen darnos, pero nos vacían. Nos piden trabajo sin descanso, las fuerzas enteras, el tiempo, la familia.

El predicador, nunca debe basar su alegría en el éxito que pueda tener en el ministerio. Si lo hace así, será muy fácil robarte el aliento. Si aplauden su sermón, tocará el cielo esa tarde, pero si a la mañana siguiente tiene que enfrentar la crítica, todo su día se volverá gris y se sentirá desgraciado.

No está mal alegrarse por los triunfos y los progresos de la misión. Pero, la alegría debe anclarse en un lugar más estable. No tanto en lo que ellos pueden lograr en nombre de Dios, sino en la obra de gracia del Cielo en virtud de la cual, sus nombres han sido escritos en el Libro de la Vida.

El día que su predicación derrita los corazones de los hombres y derribe las fortalezas del mal, el predicador debe elevarse por encima de esta tierra nublada y cantar con todas sus fuerzas:

“… Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre, y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre; a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos. Amén.” (Apocalipsis 1:5-6)

El día que sienta que en ese rincón donde sirve, de nada valen sus esfuerzos y se está haciendo viejo sembrando su vida de renuncias sin ver el fruto que esperaba, debe levantar la cara y cantar la misma canción: “… Al que nos amó…”

Allí debe radicar su gozo y establecer su identidad.

Así, nutrido con el evangelio de la gracia, cuando le llegue la hora de pasar el relevo y comprobar que otros corren más rápido que él, no sufrirá ninguna pérdida, porque su vida nunca estuvo apoyada en la arena de su ministerio, sino sobre la roca inamovible de lo que Dios es y será para él en Cristo Jesús.

Una tentación relacionada que siempre está al acecho es la vanagloria y el orgullo. El púlpito está a la vista de todos. El predicador no puede pasar desapercibido y es objeto tanto de halagos sinceros y nobles como de piropos serviles y lisonjas. Aquel que se entregue a tales cosas perderá el buen juicio más pronto que tarde. Comenzará a envanecerse, a hincharse y a caer.

Debemos huir del “bombo y platillo” con que se anuncia a algunos predicadores y no ir más allá de lo que Pablo admitió para sí:

“¿Qué, pues, es Pablo, y qué es Apolos? Servidores por medio de los cuales habéis creído; y eso según lo que a cada uno concedió el Señor. Yo planté, Apolos regó pero el crecimiento lo ha dado Dios.” (1 Corintios 3:5-6)

Otro de los grandes peligros es el activismo, esa tendencia a implicarse en un sinfín de cositas buenas, valiosas e interesantes que saturarán la agenda del predicador y consumirán su energía. Si alguien ha sido llamado a predicar, no podrá hacer mucho más.

Sin embargo observo que sobre los hombros de los pastores se está poniendo demasiada presión para que estén al frente de una variedad de proyectos. Es una tragedia ver a los pastores del rebaño de Cristo, corriendo de reunión en reunión, absortos en labores administrativas, promoviendo causas sociales y, finalmente, llegando al púlpito con la “lengua afuera” y un mensaje pobre.

La congregación de la Iglesia Bautista de Córdoba.

WG: ¿Cuáles son tus esperanzas y preocupaciones con respecto al movimiento evangélico en España?

IS: Me entusiasma comprobar que en estos últimos años el Señor está abriendo los ojos de cientos de cristianos en nuestra España para apreciar de un modo más profundo la gloria de la soberanía del Dios trino en la salvación del hombre. Una mejor comprensión de las llamadas “Doctrinas de la Gracia” está despejando el viciado ambiente humanista que amenazaba con asfixiar la verdadera adoración y trayendo un nuevo vigor espiritual a muchas congregaciones.

Celebro que una multitud creciente está reaccionando ante la dieta superficial de sermones motivacionales y está clamando por predicaciones que se ciñan al texto bíblico y expongan y apliquen sus verdades sin artificios.

Asistimos hoy al levantamiento de una nueva camada de predicadores que están convencidos de que los límites del texto han de ser los límites de su sermón y están dispuestos a entregarse a la labor de traer a sus congregaciones nada menos que un “así dice el Señor”.

Sin embargo, hay cuestiones que me preocupan. Mi corazón sufre al ver a muchos dentro del pueblo evangélico desmarcarse de una sana comprensión de la doctrina de las Escrituras. La Biblia es la Palabra de Dios, inspirada de forma verbal y plenaria, infalible, inerrante, autoritativa, poderosa y suficiente.

Sin embargo, algunos, poniendo su confianza en sus propios razonamientos (y en muchos casos haciendo gala de una arrogancia no disimulada), no dudan en disentir del propio Jesús y del testimonio de los apóstoles en relación a esta doctrina.

Por otra parte, me preocupa la falta de discernimiento en algunos sectores evangélicos, en los que se da la bienvenida a formas de pensar contrarias a la Palabra de Dios como algunos de los presupuestos de la ideología de género impulsados por los lobbies feministas y LTGB. No podemos descartar la complementariedad de los sexos y los roles distintivos que Dios estableció para hombres y mujeres, sin ofender a Dios, dañar el testimonio y aportillar la muralla de la Iglesia.

Me duele la laxitud moral con la que en muchos casos se trata el pecado. En especial, la manera en que muchos llegan a justificar el divorcio entre creyentes, la homosexualidad, las uniones de hecho.

Por último, me preocupa la falta de confianza en la suficiencia de la Palabra de Dios para dar respuesta a las necesidades del alma humana.

Hace un tiempo, un joven seminarista, muy entusiasta en el seguimiento de Cristo y en el servicio a Dios, mientras manteníamos una conversación, me dijo que su pastor le había recomendado que tras sus estudios teológicos completara su formación ministerial cursando un Grado en Psicología. “Si quieres prepararte mejor para ministrar a las personas, es conveniente que estudies Psicología”. Esas fueron, más o menos, sus palabras.

Mi respuesta fue algo como: “¿y qué piensas que pueden enseñarte en la Facultad que no supiera el apóstol Pablo sobre el hombre, la vida y los problemas del alma?”

En algunos lugares, las iglesias y los ministros del Evangelio han llegado a la convicción de que lo mejor que pueden hacer con personas que presentan problemas emocionales serios es derivarlos a profesionales de la salud mental.

En ocasiones, llega a considerarse casi una temeridad que un pastor sin estudios de Psicología se atreva a aconsejar a personas en situaciones complejas.

Pero la Escritura es la Palabra de Dios y es el único recurso apropiado y suficiente para tratar con los problemas del corazón humano. Tengo la esperanza de que en estos años venideros, Dios, por su Espíritu, nos cimente de nuevo sobre la base de su consejo para llevar a cabo la cura de almas.

Sanz se preocupa por la falta de fe en la suficiencia de la Escritura en la iglesia evangélica.

WG: Para acabar, hermano, ¿podrías dar algún consejo para nuestros lectores más jóvenes?

IS: Daré dos.

En primer lugar, que obedezcan a sus padres, si aún viven bajo su autoridad. Que los honren siempre. Que respeten las canas y no menosprecien a las generaciones que nos han precedido. Que aprecien a sus pastores y oren por ellos. Tal vez no prediquen como John Piper, pero son los hombres que Dios ha puesto para velar por sus almas y sobre los cuales Dios quiere derramar gracia abundante.

En segundo lugar, que se dediquen a la lectura piadosa de la Palabra y la oración. Es importante leer buenos libros y escuchar sermones bíblicos, pero ¡cuidado, no sea que se atraganten!

Mucha información sin oración devota hará de ellos unos sabiondos, pero jamás los convertirá en verdaderos hombres y mujeres de Dios. ¡Que se traben con Dios hasta que él les “descoyunte el muslo”! Ya no podrán andar sin cojear, pero serán príncipes.

WG: Muchísimas gracias por todo, hermano Israel. Espero que el Señor use tus palabras hoy para bendecir a muchos en España y más allá. ¡Adelante!

Comparte

Un comentario sobre «Israel Sanz: «Las doctrinas de la gracia están avivando la iglesia»»

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.