Loraine Boettner (1901-90): ¿Pueden los cristianos participar en la guerra?

EL ANTIGUO TESTAMENTO

Algunos alegan que el sexto mandamiento – “No matarás” – es una prueba de que cualquier guerra es contra la voluntad de Dios. Pero, el mismo Dios que en Éxodo 20:13 dijo “no matarás” – que en realidad significa “No cometerás asesinato,” es el que en el capítulo  21:12 dice “El que hiere a alguno haciéndole morir, él morirá.” Y siglos antes, Él había dicho “quienquiera que derrame sangre de hombre, por el hombre su sangre será derramada (Gen. 9:6).

Dios mandó que el asesinato malicioso fuese castigado con la pena de muerte del asesino.  De modo que el juez que sentencia a un criminal a muerte no es culpable de crimen, de la misma manera que si lo sentencia a pagar una multa no es culpable de robo. De otra manera no sería posible mantener la justicia pública. Y el policía o el soldado que defiende su país, como el juez que protege a la sociedad, no actúan con motivos maliciosos para vengar una ofensa personal, sino con un motivo altruista para mantener la seguridad pública. Ellos realizan su trabajo, no como una obligación personal sino como oficiales del estado. Y en la Escritura, la guerra entre las naciones cae dentro de la misma categoría que la pena de muerte para los criminales.

No hay nada en el Antiguo Testamento que sugiera que es inconsistente ser soldado y a la vez seguidor de Dios. Hay cerca de 35 o más referencias en el Antiguo Testamento donde Dios mandó a usar la fuerza armada para que se realizaran sus propósitos. Las Escrituras muestran a Dios como un Dios de paz igual que lo muestra como un Dios de guerra. Y  decir, como algunos pacifistas dicen, que la guerra desafía la justicia de Dios, es no sólo pretencioso sino equivalente a decir que Dios mismo es injusto. La Biblia, el mismo libro que los cristianos decimos aceptar como la única regla infalible de fe y práctica, declara que en ciertas circunstancias, Dios no sólo permite la guerra sino la manda. Sin embargo, la Escritura no glorifica la guerra, o a los guerreros como tales. En varias ocasiones se le negó el permiso a los israelitas para involucrarse en guerras o gloriarse en sus victorias militares. A David, el más grande guerrero en el Antiguo Testamento, se le prohibió edificar el templo del Señor porque había derramado mucha sangre. La guerra es vista como una terrible e indeseable necesidad en las manos de Dios para contener y castigar los pecados de las naciones.

Dios no permitió que el rey David edificase el templo.

Debía ser evitada hasta donde fuese posible, y nunca debía ser glorificada. Y ésta es la actitud que nosotros debemos tener hacia ella hoy.

EL NUEVO TESTAMENTO

El Nuevo Testamento no enseña directamente sobre la guerra, aunque sí dice con claridad que los gobiernos civiles son divinamente establecidos y que los ciudadanos deben reconocer su autoridad y sujetarse a ellos.

Sin embargo, el Antiguo y Nuevo Testamento son suplementarios, no contradictorios. Y aunque los mandamientos ceremoniales del Antiguo Testamento han sido abrogados, todos sus mandamientos morales aún están en vigencia. El silencio del Nuevo Testamento aparentemente descansa sobre el entendido de que el tema de la guerra ya ha sido tratado adecuadamente y no requiere cambios o adiciones.

Los pacifistas alegan que las enseñanzas de Jesús prohíben a los cristianos participar en la guerra. Pero eso no es así, pues Él consideraba a las escrituras del Antiguo Testamento como autoritativas y basaba sus enseñanzas en él. De manera que si lo tomamos a Él como nuestra autoridad, debemos aceptar la autoridad del Antiguo Testamento.

Examinemos detalladamente las palabras de Cristo. ¿Qué significa Mateo 5:30 donde Él dice: «No resistáis al que es malo, y a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra»? Significa que dentro de límites razonables, es mejor sufrir una injusticia personal que reclamar nuestros derechos e involucrarnos en una pelea, que debemos devolver bien por mal a nuestros enemigos para que se avergüencen si son sensibles. (Tres  de cada cuatro de los problemas que tenemos con otras personas, usualmente, son causados por malos entendidos, y podrían resolverse con un poco de paciencia y una actitud pacificadora). Pero este mandamiento se refiere a nuestra actitud individual.

Una persona puede sacrificarse a sí misma, pero nadie tiene el derecho de sacrificar a otros. Como dijo alguien: «Yo no voy a poner la mejilla de mi esposa, o la de un indefenso o un débil a quien soy llamado a proteger». Desde esta perspectiva, entrar en una guerra por defender a los indefensos, es  poner mi otra mejilla  al arriesgarme a que el enemigo me haga daño a mí antes que a los que yo amo. Luego que todo haya pasado, debemos amar y perdonar a nuestro enemigo. ¿No puso Cristo su otra mejilla por nosotros? Cristo nunca intentó enseñar que poner la otra mejilla fuese literal. Cuando lo abofetearon en Juan 18:22-23,  Él no dejó pasivamente que lo siguieran haciendo, sino que reprendió a su abusador: «Si he hablado mal, di en dónde está el mal, y si bien, ¿por qué me golpeas?»

Cristo siendo abofeteado.

Algunos, para probar que no se debe usar la fuerza militar contra nadie, citan la regla de oro que dice: «Todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así haced vosotros con ellos»  (Mt. 7:12). Pero en el caso de una guerra tenemos que decidir quiénes son los hombres en cuyo lugar nosotros queremos ponernos: o los codiciosos, criminales y tiranos que quieren que nos sometamos a ellos, o nuestras esposas, hijos e indefensos que necesitan nuestra protección.

Algunos dicen que puesto que debemos amar a nuestros enemigos, no debemos de ir a la guerra contra nadie. Pero aunque debemos amar a nuestros enemigos, eso no significa que no debamos defendernos a nosotros y a nuestros seres queridos de los que nos quieren oprimir o destruir. La defensa propia y el amor no son contradictorios. El juez que sentencia a los malhechores puede y debe a la vez simpatizar y tener lástima por él.

CONCLUSIÓN

Ciertamente debemos amar a nuestros enemigos, pero no en la misma forma ni con la misma intensidad con la que amamos a nuestros amigos. Podemos amarlos de modo que sabiendo que están equivocados y que pueden y quieren dañarnos, les resistimos y peleamos contra ellos sin odiarlos, sino deseando honestamente que se vuelvan de sus malos caminos hacia lo bueno.

Soli Deo gloria.

El teólogo reformado Loraine Boettner (1901-90).
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