Thomas Watson: «El alma del creyente difunto no muere ni duerme sino que entra en la gloria»

Los creyentes pasan a la gloria inmediatamente después de su muerte.

Algunos sostienen, al igual que los platónicos y lucianistas, que el alma muere; pero muchos de los paganos más sensatos creían en la inmortalidad del alma. Los romanos, cuando sus grandes hombres morían, dejaban libre un águila para que volara en el aire, dando a entender con ello que el alma era inmortal y no moría con el cuerpo.

Cristo nos dice que alma no se la puede matar, y que, por tanto, no puede morir (Mateo 10:28).

Y del mismo modo que el alma no muere, tampoco duerme dentro del cuerpo durante cierto tiempo; si, al morir la persona, el alma está ausente del cuerpo, no puede dormir en el mismo (2 Corintios 5:8).

El paso de la muerte a la gloria es inmediato: en solo un abrir y cerrar de ojos vemos a Dios.

“Hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lucas 23:43), eso fue lo que Cristo dijo al ladrón en la cruz; y el paraíso significa el cielo, el tercer cielo, al que fue arrebatado Pablo (2 Corintios 12:4). El cuerpo del ladrón no podía encontrarse allí, ya que fue puesto en el sepulcro; pero Cristo dijo esto de su alma, la cual estará en el cielo inmediatamente después de su muerte.

Que nadie sea tan necio como para hablar de un purgatorio: el alma purgada por la sangre de Cristo no necesita fuego de purgatorio alguno, sino que pasa inmediatamente del lecho de muerte al estado glorificado.

Thomas Wastson (1620-86)

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