Thomas Watson: ¿Qué esperanza tengo si mi cadáver se ha de pudrir en la tumba?

Primero: que Dios no dejará a su pueblo en la tumba.

Nuestros amigos nos llevan a la tumba y nos dejan allí, pero Dios no hará lo mismo. Él irá a la tumba con nosotros, velará sobre nuestros cuerpos muertos, y cuidará de nuestras cenizas.

Rizpa veló sobre los cuerpos muertos de los hijos de Saúl, y los guardó de las aves carroñeras (2 Samuel 21:10). Así también el Señor vela sobre los cuerpos muertos de los santos, y se asegura de que no falte nada de su polvo.

Cristiano, tienes un Dios que velará sobre tu cuerpo cuando hayas muerto.

Segundo: los cuerpos de los santos en la tumba, aunque separados de sus almas, están unidos a Cristo.

El polvo de los creyentes forma parte del cuerpo místico de Cristo.

Tercero: mientras los cuerpos de los santos están en la tumba, sus almas se encuentran en el paraíso.

El alma o espíritu no duerme dentro del cuerpo, sino que “vuelve a Dios que lo envió” (Eclesiastés 12:7).

El alma participa inmediatamente de los mismos gozos que los ángeles. Cuando el cuerpo regresa al polvo, el alma vuelve al reposo; cuando el cuerpo duerme, el alma goza de triunfo; cuando el cuerpo es enterrado, el alma recibe la corona.

Así como los espías fueron enviados primero para probar los frutos de la tierra (Números 13:20), al morir, se envía al alma por delante al cielo a fin de que pruebe el fruto de la tierra santa.

Cuarto: cuando llegue el tiempo de Dios, las tumbas entregarán sus muertos.

Si el juez de la orden, el carcelero debe entregar a sus prisioneros. Así como Dios dijo a Jacob: “Yo descenderé contigo a Egipto, y yo también te haré volver” (Génesis 46:4), del mismo modo, el Señor irá con nosotros a la tumba y ciertamente nos sacará de ella.

Quinto: aunque los cuerpos de los santos se pudrirán y serán repugnantes en la tumba, sin embargo, después, se volverán resplandecientes y gloriosos.

Los cuerpos de los santos, cuando resuciten, serán hermosos y de buen parecer. En esta vida el cuerpo de los santos puede estar deformado, y aun es posible que aquellos cuyas mentes se hallan adornadas de virtud tengan cuerpos desfigurados, igual que la tela más fina puede tener la orla más basta; pero esos cuerpos deformes llegarán a ser bellos y encantadores.

Thomas Watson (1620-86)

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