Sugel Michelén: De la oscuridad a luz

Un nuevo fragmento del libro Palabras al cansado, de Sugel Michelén (Editorial Peregrino, 2009).

Alguien dijo una vez que «al que predica sobre el dolor de las personas, nunca le faltará un auditorio». El dolor y la aflicción son porciones de la vida que a todos nos tocan en un grado u otro: ricos y pobres, creyentes e incrédulos. Nadie está exento. «Como las chispas se levantan para volar por el aire, así el hombre nace para la aflicción», dice Elifaz en Job 5:7. Y de la misma manera nadie es inmune al sentimiento de angustia que puede producirse en medio de la adversidad —ni siquiera los cristianos reconocidos por su piedad y madurez—, cualquiera de nosotros puede estar atravesando hoy por una situación sumamente angustiosa, hasta el punto de perder casi toda esperanza. Si esa es tu condición, entonces la experiencia de Asaf relatada en el Salmo 77 tiene mucho que enseñarte para escapar de ese túnel oscuro en que estás metido.

Aquellos que están familiarizados con los salmos escritos por Asaf saben que este hombre se caracteriza por la sinceridad con que desnuda su alma delante de Dios. Es obvio que él no había hecho suya la teología de que la vida del creyente es inmune a las tribulaciones y problemas. Este hombre sabía lo que era vivir en el mundo real, con sus angustias y dificultades, y no se anda con rodeos cuando describe la condición emocional en que se encuentra.

Sin embargo, Asaf supo tratar con su alma de una forma honesta y bíblica, y de esa manera nos dejó como legado un remedio divino para los que andan en oscuridad y en desesperación. Este salmo posee dos divisiones fácilmente identificables. En los versículos 1 al 9 Asaf describe su angustia, y en los versículos 10 al 20 su recuperación.

LA ANGUSTIA DE ASAF

No conocemos cuál fue la situación particular que llevó al salmista a sentirse tan angustiado, pero es evidente que este hombre se encontraba en medio de una gran tribulación, tal como lo expresa en los versí- culos 1 y 2: «Con mi voz clamé a Dios, a Dios clamé, y él me escuchará. Al Señor busqué en el día de mi angustia; alzaba a él mis manos de noche, sin descanso; mi alma rehusaba consuelo». Asaf no escatima palabras para describir la condición emocional de su alma. Él no trata de aparentar que es un superhéroe espiritual que nunca ha conocido las profundidades de la depresión y la perplejidad; más bien nos deja ver lo que hay en su corazón, con sus luchas y sus incongruencias. Por un lado, ora a Dios con la confianza de que él escucha las oraciones de Sus hijos (v. 1); pero, al mismo tiempo, experimenta en su interior una terrible sensación de abandono (v. 2).

Uno de los problemas del alma deprimida es que tiene que vencer algunos obstáculos para razonar lógicamente. Tal vez esa sea la razón por la que los autores del Nuevo Testamento escogieron una palabra griega que literalmente significa «división» para indicar el «afán»; el afán y la ansiedad producen una división en el alma entre lo que sentimos y lo que sabemos. Y esa parece ser la condición de Asaf mientras escribe este salmo. Su dolor había llegado a un grado tal que no podía seguir callado; pero al clamar a Dios, este parece estar ocupado en otra cosa y la respuesta tarda en llegar. En ese punto del Salmo, sus pensamientos acerca de Dios no le traen consuelo sino perplejidad: «Me acuerdo de Dios, y me siento turbado; me lamento, y mi espíritu desmaya» (v. 3). Lo que él conocía de Dios le estaba provocando mucha turbación, porque no podía encajar en su mente Sus actuaciones poderosas en el pasado a favor de Su pueblo con su condición actual.

«Has mantenido abiertos los guardas de mis ojos», dice en el versículo 4, como si fuera Dios mismo quien estuviera reteniendo sus párpados para mantenerlo en vela durante la noche. Asaf no había perdido de vista la soberanía de Dios en medio de su situación; pero en lugar de consolarlo, Su control soberano le provocaba más confusión y turbación. Él recuerda tiempos mejores en los que pudo cantar durante la noche sobre la bondad y el amor de Dios: «Consideraba los días desde el principio, los años de los siglos. Me acordaba de mis cánticos de noche; meditaba en mi corazón, y mi espíritu inquiría» (vv. 5- 6). Dios había mostrado en el pasado Su poder salvador, pero ahora todo era distinto; por alguna razón desconocida había cambiado por completo Su proceder para con Su pueblo, lo que provoca en Asaf una serie de preguntas angustiosas.

 «¿Desechará el Señor para siempre, y no volverá más a sernos propicio?» (v. 7). ¿Acaso será que Dios ha decidido abandonarnos de manera definitiva y no actuar a nuestro favor nunca más? Eso, por supuesto, es imposible. El Dios del pacto no puede quebrantar Sus promesas. Pero Asaf está demasiado turbado en este momento y sus pensamientos tienden a hundirlo aún más: «¿Ha cesado para siempre su misericordia? ¿Se ha acabado perpetuamente su promesa? ¿Ha olvidado Dios el tener misericordia? ¿Ha encerrado con ira sus piedades?» (vv. 8-9). La palabra hebrea que la versión Reina-Valera traduce como «misericordia» es hesed, la cual nos habla del amor compasivo de Dios que está firmemente enraizado en el pacto que él ha hecho con su pueblo; mientras que la palabra que se traduce como «piedades» hace referencia a las entra- ñas de una mujer embarazada. Lo que Asaf se pregunta es si ese amor de Dios enraizado en su pacto se habrá agotado por completo, de tal manera que ya no puede esperar de él ni una gota de misericordia y compasión. Experimentar algo así sería como padecer el Infierno en vida.

Sin embargo, nosotros sabemos que el amor de Dios para con Sus hijos es inagotable. Dice en Jeremías 31:3: «Jehová se manifestó a mí hace ya mucho tiempo, diciendo: Con amor eterno te he amado; por tanto, te prolongué mi misericordia». El amor de Dios es eterno e inmutable: él no nos ama hoy ni un poco menos de lo que nos amaba cuando Cristo estaba derramando Su sangre por nosotros en la cruz del Calvario. Ese amor no puede evaluarse a la luz de nuestras circunstancias, como parece estar haciendo Asaf en este salmo, sino a la luz de la revelación divina. Y en el caso de nosotros, los creyentes del nuevo pacto, siempre debemos evaluar la actuación de Dios desde la perspectiva de la cruz, donde Jesús fue desamparado por Su Padre mientras cargaba con nuestros pecados, para que nosotros nunca tuviésemos que experimentar nada semejante.

 Es con esa confianza que Pablo escribe en Romanos 8:31-39:

¿Qué, pues, diremos a esto? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas? ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros. ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? Como está escrito: Por causa de ti somos muertos todo el tiempo; somos contados como ovejas de matadero. Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro.

Ahora bien, aunque las preguntas de Asaf no parecen ser compatibles con la fe, el mero hecho de expresarlas fue un paso importante hacia la recuperación. Muchas veces nos dejamos vencer por nuestras dudas y temores porque no hacemos lo que el salmista está haciendo aquí; es decir, poner nuestras ideas en blanco y negro para ver sus implicaciones. ¡Por supuesto que Dios no puede habernos desechado para siempre, ni habernos retirado Su amor! ¿Cómo puede olvidar Sus promesas Aquel que dijo que es más probable que el cielo y la tierra dejen de existir antes de que él deje de cumplir lo que ha prometido? Sin embargo, cuando nuestra teología no controla nuestras emociones nos ofuscamos y no vemos las implicaciones de nuestros pensamientos. «La buena teología es esencial si vamos a sufrir bien», dice acertadamente Dustin Shramek.

En el Sermón del Monte, el Señor Jesucristo nos enseña que debemos razonar lógicamente si queremos ser eficaces en nuestra lucha con el afán y la ansiedad: «Por tanto os digo: No os afanéis por vuestra vida, qué habéis de comer o qué habéis de beber; ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir. ¿No es la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido?» (Mateo 6:25). Vamos a razonar, dice el Señor: ¿Qué es mayor a comida y la bebida que sostienen nuestra vida o la vida misma? ¿Qué será más difícil para Dios, darte la vida o sostenerla? La respuesta es evidente: hay más dificultad en dar la vida que en proveer el alimento que la sostiene.

¿Y qué es mayor, el cuerpo o el vestido que lo cubre? La respuesta es obvia: el cuerpo es mayor. Pues si Dios diseñó y creó tu cuerpo con todos sus sistemas tan complejos, ¿acaso no puede darte lo necesario para vestirlo? «Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas?» (Mateo 6:26). Si nuestro Dios se ocupa de las aves y provee alimento para ellas, ¿acaso no tendrá más cuidado de todos aquellos por quienes Cristo murió?

Y ¿quién de vosotros podrá, por mucho que se afane, añadir a su estatura un codo? Y por el vestido, ¿por qué os afanáis? Considerad los lirios del campo, cómo crecen: no trabajan ni hilan; pero os digo, que ni aun Salomón con toda su gloria se vistió así como uno de ellos. Y si la hierba del campo que hoy es, y mañana se echa en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más a vosotros, hombres de poca fe? (Mateo 6:27-30).

Esto es un llamado a pensar correctamente: «Ved las implicaciones de vuestros propios pensamientos, ¡y no sigáis alimentando ideas tan absurdas!».

Asaf pudo expresar las inquietudes de su corazón, y ese mismo planteamiento obró en su corazón para traerlo a la cordura.

LA RECUPERACIÓN DE ASAF

El salmista reconoce que su perspectiva de la situación lo estaba enfermando (v. 10), por lo que toma la determinación de abordar el asunto de otra manera: «Traeré, pues, a la memoria los años de la diestra del Altísimo. Me acordaré de las obras de JAH; sí, haré yo memoria de tus maravillas antiguas. Meditaré en todas tus obras, y hablaré de tus hechos» (vv. 11-12). Como dice un comentarista: «La estrategia central de la Biblia para sacarnos de la oscuridad y el desespero es haciendo un esfuerzo consciente de la mente». Y eso es precisamente lo que el salmista está haciendo aquí: «Traeré, pues, a la memoria […]. Me acordaré […], haré memoria […], meditaré […] hablaré». En vez de dejarse controlar por sus emociones, el salmista decide echarle mano a la información fidedigna que tiene acerca de Dios y de Sus hechos gloriosos en la historia de Israel, y meditar y hablar de ellos.

¿Pero acaso no fue eso mismo lo que había hecho al principio sin ningún resultado positivo? En los versículos 3 y 6 tenemos la misma palabra hebrea del versículo 11, y que la versión Reina-Valera traduce como «acordarse»; pero aquel ejercicio de memoria, en vez de ayudarlo, contribuyó a hundirlo más aún. ¿Qué fue lo que hizo la diferencia? Que en esta ocasión el salmista hace algo más que un simple ejercicio de memoria: echa mano a su teología, a lo que él sabe con toda certeza acerca de Dios, y a través de ese prisma contempla su situación presente.

Es interesante notar un cambio de suprema importancia que ocurre entre la segunda parte del Salmo y la primera. En los primeros 6 versículos, el salmista se refiere a sí mismo en dieciocho ocasiones con los pronombres personales «yo» y «mi», refiriéndose a Dios solamente en seis ocasiones ya sea por nombre, pronombre o por uno de Sus títulos. Pero, a partir del versículo 13 encontramos veintiuna referencias a Dios y una sola referencia a sí mismo. Es obvio que Asaf ha decidido cambiar su foco de atención; en lugar de seguir dando vueltas al problema y teniendo pena de sí mismo, sus pensamientos giran ahora en torno a Dios y Sus atributos. En otras palabras: Asaf comienza a ver al Invisible.

Hay tres aspectos específicos del ser de Dios en los que Asaf centra su atención.

El primer aspecto es la santidad de Dios, una santidad que transmite todo lo que él es y todo lo que él hace: «Oh Dios, santo es tu camino…» (v. 13). La santidad de Dios es uno de los rasgos más consoladores de Su carácter. Él no puede mentir, porque él es santo; él no puede dejar de cumplir Sus promesas, porque él es santo; él nunca hará nada que sea incorrecto o injusto, porque él es santo. Sería verdaderamente aterrador estar a merced de un Dios todopoderoso que no fuera santo. Un Dios así sería digno de terror, no de confianza. Pero tal es la santidad de nuestro Dios y la rectitud de Su carácter que él envió a Su propio Hijo, nuestro Señor Jesucristo, para poder mostrar Su amor por sus criaturas rebeldes y pecadoras, sin pasar por alto Su justicia. Podemos confiar plenamente en nuestro Dios, porque él es santo.

Pero la santidad de Dios no alude únicamente a Su pureza moral, sino también a Su singularidad absoluta. Cuando decimos que Dios es santo, estamos diciendo que no hay nadie que se le asemeje. Él es el único Dios vivo y verdadero. Y como bien señala Shramek: «Esta es nuestra esperanza en medio del sufrimiento. No hay nadie más poderoso. No hay nadie más amoroso. No hay nadie más misericordioso. No hay nadie más compasivo. No hay ningún otro Dios, sino Dios. Solo él es Salvador, y solo él es Señor. Es gracias a que Dios es santo que podemos confiar en que él cumplirá sus promesas con nosotros, en que su poder será usado para ayudarnos, en que su misericordia se derramará sobre nosotros y en que su sabiduría planeará nuestro sufrimiento y todo lo demás en nuestras vidas de tal modo que obre para nuestro bien».

El segundo aspecto que Asaf resalta de nuestro Dios es Su grandeza y poderío: «¿Qué Dios es grande como nuestro Dios? Tú eres el Dios que hace maravillas; hiciste notorio en los pueblos tu poder» (vv. 13b- 14). Así como sería algo terrible estar en las manos de un Dios todopoderoso que no fuera santo, también sería completamente inútil estar a merced de un Dios santo que no fuera todopoderoso. Un Dios así estaría lleno de buenos deseos para con Sus hijos, pero no tendría la capacidad de llevarlos a cabo. Pero nuestro Dios es Aquel que hizo los cielos y la tierra y que llama las cosas que no son como si fuesen. Es Aquel del cual dijo Nabucodonosor, en Daniel 4:35, que «todos los habitantes de la tierra son considerados como nada; y él hace según su voluntad en el ejército del cielo, y en los habitantes de la tierra, y no hay quien detenga su mano, y le diga: ¿Qué haces?».

Nuestro Dios es soberano, él determina lo que quiere hacer y lo hace. Nada ni nadie puede impedir que lleve a cabo Sus designios. Como dice el profeta Isaías:

Él está sentado sobre el círculo de la tierra, cuyos moradores son como langostas; él extiende los cielos como una cortina, los despliega como una tienda para morar. Él convierte en nada a los poderosos, y a los que gobiernan la tierra hace como cosa vana. Como si nunca hubieran sido plantados, como si nunca hubieran sido sembrados, como si nunca su tronco hubiera tenido raíz en la tierra; tan pronto como sopla en ellos se secan, y el torbellino los lleva como hojarasca. ¿A qué, pues, me haréis semejante o me compararéis? dice el Santo. Levantad en alto vuestros ojos, y mirad quién creó estas cosas; él saca y cuenta su ejército; a todas llama por sus nombres; ninguna faltará; tal es la grandeza de su fuerza, y el poder de su dominio (Isaías 40:22-26).

El último aspecto en que el salmista centra su atención es en el hecho de que nuestro Dios tiene cuidado de los Suyos y cumplirá en ellos Sus propósitos que son sabios y santos: «Con tu brazo redimiste a tu pueblo, a los hijos de Jacob y de José. Te vieron las aguas, oh Dios; las aguas te vieron, y temieron; los abismos también se estremecieron» (vv. 15-16). Asaf está haciendo aquí una descripción poética del poder que Dios desplegó a favor de Su pueblo al rescatarlos de la esclavitud en Egipto. Las aguas del mar Rojo y del Jordán huyeron despavoridas, como si fueran conscientes de la presencia de Dios, para que Su pueblo pudiera pasar en seco al otro lado; luego, en los versículos 17 y 18, parece describir líricamente lo que sucedió en el monte Sinaí cuando Dios descendió para entregar a Moisés las dos tablas de la ley: «Las nubes echaron inundaciones de aguas; tronaron los cielos, y discurrieron tus rayos. La voz de tu trueno estaba en el torbellino; tus relámpagos alumbraron el mundo; se estremeció y tembló la tierra». Algunos comentaristas opinan que aquí el salmista se refiere al uso que hizo Dios de los elementos de la Naturaleza para que Su pueblo pudiera conquistar la tierra de Canaán. Tanto en un caso como en el otro, la idea que se quiere transmitir es clara y contundente: el Dios todopoderoso tiene cuidado de los Suyos y usará Su poder para cumplir en ellos todo lo que se ha propuesto.

Sin embargo, Asaf también comprendió una verdad fundamental a la que el creyente tendrá que echar mano constantemente en medio de la adversidad y del dolor, y es el hecho de que nosotros no podemos comprender del todo los caminos de Dios, ni descifrar infaliblemente Su providencia: «En el mar fue tu camino, y tus sendas en las muchas aguas; y tus pisadas no fueron conocidas» (v. 19). No podemos rastrear Sus huellas hasta el punto de comprender del todo hacia qué fin se dirigen; los planes de Dios son tan vastos como el océano. William Cowper expresó poéticamente esta verdad en uno de sus himnos más conocidos en el idioma inglés:

Dios se mueve de forma misteriosa
buscando Sus prodigios realizar;
sus huellas deja en la mar anchurosa
y en la tormenta se ve cabalgar.


En minas insondables que él perfora,
mostrando inigualable habilidad
sus brillantes diseños atesora
y cumplen Su absoluta voluntad.


Que tomen nuevas fuerzas los creyentes;
las nubes que hoy infunden gran temor
llenas están de gran misericordia
que manda sobre ellos en Su amor.

Sus designios madura presuroso,
mostrando cada instante Su labor;
sabor amargo se halla en el capullo
mas es muy dulce el gusto de la flor.

Por más extrañas que nos parezcan Sus providencias de este lado del Cielo, algún día podremos gustar de la dulzura de aquellas cosas que ahora nos resultan amargas al paladar. ¿Sabéis por qué? Porque no estamos en las manos de un destino ciego, sino en las manos de un Padre sabio, amante y todopoderoso. El más grande pecado que se haya cometido en la historia fue llevar a la muerte a nuestro Señor Jesucristo, pero esa ha sido también la mayor bendición que ha ocurrido en el escenario humano. Nuestro Dios saca bienes de males; algún día probaremos la dulzura de su providencia.

Finalmente, el salmista concluye su poema con estas palabras tan consoladoras: «Condujiste a tu pueblo como ovejas por mano de Moisés y de Aarón» (v. 20). ¡Qué contraste! El Dios que hace oír Su voz en el trueno, que hace temblar la tierra y hace huir las aguas, es el Buen Pastor que guía y protege a cada uno de los Suyos como un pastor a sus ovejas.

Dios usa medios para pastorearnos —como usó a Moisés y Aarón en el desierto—, para traer en el momento preciso palabras de sabiduría, aliento o consolación; pero debemos verlo a él detrás de esos medios: cuidando tiernamente de nuestras almas, hasta que lleguemos seguros a Su presencia. Queridos hermanos, nuestro Dios es veraz; él no promete en Su Palabra que el camino del creyente estará exento de problemas y tribulaciones, pero nos ha revelado todo lo que necesitamos conocer de este lado del Cielo para que podamos elevarnos por encima de las providencias aflictivas confiando enteramente en él.

Los creyentes del nuevo pacto tenemos hoy más recursos de los cuales echar mano que los que tuvo Asaf, porque vivimos de este lado de la cruz y tenemos una revelación completa. Ya sabemos el precio tan alto que Dios estuvo dispuesto a pagar para redimirnos de nuestros pecados y concedernos el don de la vida eterna: la sangre preciosa de Su Hijo. ¿Qué otra cosa necesitamos conocer para poder descansar tranquilos y seguros en Su amor? «El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?» (Romanos 8:32).

Que Dios aplique Su Palabra con poder en nuestros corazones, para traer verdadero consuelo a muchos de Sus hijos que por diversas razones se encuentran hoy en la misma condición del salmista Asaf, y estos puedan apropiarse para sí esas conocidas palabras del profeta Habacuc con las que ahora concluyo:

Aunque la higuera no florezca,
ni en las vides haya frutos,
aunque falte el producto del olivo,
y los labrados no den mantenimiento,
y las ovejas sean quitadas de la majada,
y no haya vacas en los corrales;
con todo, yo me alegraré en Jehová,
y me gozaré en el Dios de mi salvación.
Jehová el Señor es mi fortaleza,
el cual hace mis pies como de ciervas,
y en mis alturas me hace andar.

(Habacuc 3:17-19)

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