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Lutero: ¿Está el poder espiritual por encima del secular?

Foto: Múnich, Alemania

Con gran habilidad los romanistas se circundaron de tres murallas, con las cuales se protegían hasta ahora, de modo que nadie ha podido reformarlos y con ello toda la cristiandad ha caído terriblemente.

Primero: cuando uno quería obligarlos por el poder secular, establecían y manifestaban que el poder secular no tenía ningún derecho sobre ellos, sino, por el contrario, el poder espiritual estaba por encima del secular.

Segundo: si uno quería censurarlos mediante las Sagradas Escrituras, le objetaban que interpretar las Escrituras no le correspondía a nadie sino al Papa.

Tercero: cuando uno los amenazaba con un concilio, inventaban que nadie puede convocar un concilio sino el Papa.

De esta manera, nos hurtaron subrepticiamente los tres azotes para quedarse sin castigo, y se hicieron fuertes detrás de la protección de estas tres murallas para practicar toda clase de villanías y maldades, como lo vemos ahora. Y cuando se vieron forzados a celebrar un concilio, le restaron eficacia con anticipación, obligando previamente a los príncipes mediante juramentos a dejarlos tales como son. Además dieron al Papa pleno poder respecto al ordenamiento del concilio con supercherías y ficciones. Tan terriblemente temen por su pellejo ante un concilio correcto libre, que intimaron a los reyes y príncipes para que creyesen que estarían contra Dios, si no les obedeciesen en todas esas fantasmagorías pérfidas y astutas.

Que Dios nos ayude ahora y nos dé una de las trompetas con las cuales se destruyeron las murallas de Jericó, a fin de que derribemos también de un soplo esas murallas de paja y papel, y tomemos los azotes cristianos para castigar el pecado y revelar la astucia y el embuste del diablo. Así, mediante el castigo, nos corregiremos y recuperaremos el favor de Dios.

Empezaremos por atacar la primera muralla: ¿está el poder espiritual por encima del secular?

Se ha establecido que el Papa, los obispos, los sacerdotes y los monjes sean llamados el estado espiritual; y los príncipes, los señores, los artesanos y los agricultores, el estado secular. Es una mentira sutil y un engaño. Que nadie se asuste y esto por la consiguiente causa: todos los cristianos son en verdad de estado espiritual y entre ellos no hay distingo, sino sólo a causa del oficio, como Pablo dice que todos somos un cuerpo, pero que cada miembro tiene su función propia con la cual sirve a los restantes. Esto resulta del hecho de que tenemos un solo bautismo, un Evangelio, una fe y somos cristianos iguales, puesto que el bautismo, el Evangelio y la fe de por sí solas hacen espiritual y pueblo cristiano. El hecho de que el Papa o el obispo unja, tonsure, ordene, consagre y vista de otro modo que los laicos, puede hacer un hipócrita y falso sacerdote, pero jamás hace a un cristiano o a un hombre espiritual. Según ello, por el bautismo todos somos ordenados sacerdotes, como San Pedro dice: «Vosotros sois un sacerdocio real y un reino sacerdotal» (1 Pedro 2:9). Y en el Apocalipsis 5:10: «Y por tu sangre nos has hecho sacerdotes y reyes».

Si en nosotros no hubiera una ordenación más alta que la que da el Papa u obispo, por la ordenación del Papa y obispo jamás se haría un sacerdote, tampoco podría celebrar misa, predicar y absolver. En consecuencia, la ordenación por parte del obispo no es otra cosa que tomar a uno de entre la multitud en el lugar y por representación de toda la comunidad —puesto que todos tienen el mismo poder— y mandarle ejercer ese mismo poder por los demás. Es como si diez hombres, hijos del rey y herederos iguales, eligiesen a uno para administrar la herencia por ellos. Todos siempre seguirían siendo reyes y tendrían el mismo poder. No obstante, a uno se le manda gobernar. Y lo diré en forma aún más clara: si un número de buenos laicos cristianos fueran hechos prisioneros y llevados a un desierto, sin que hubiese entre ellos un sacerdote ordenado por un obispo, y poniéndose de acuerdo eligiesen a uno de ellos —esté casado o no— y le encomendasen el ministerio de bautizar, de celebrar misa, de absolver y de predicar, éste sería verdaderamente sacerdote, como si todos los papas y obispos lo hubieran ordenado. Por esto, en caso de necesidad cualquiera puede bautizar y absolver, lo cual no sería posible si no fuésemos todos sacerdotes. Esta gran gracia y poder del bautismo y del estado cristiano, fueron aniquilados y anulados completamente por medio del derecho canónico. De esta manera, en tiempos pasados, los cristianos elegían de entre la multitud a sus obispos y sus sacerdotes, los cuales eran confirmados después por otros obispos sin nada del lucimiento que ahora es de uso. Así llegaron a ser obispos San Agustín, Ambrosio y Cipriano.

Archivo:Augustine of Hippo.jpg - Wikipedia, la enciclopedia libre
Agustín de Hipona (354-430).

Como el poder secular ha sido bautizado como nosotros y tiene el mismo credo y Evangelio, debemos admitir que sus representantes sean sacerdotes y obispos que consideran su ministerio como un cargo que pertenece a la comunidad cristiana y le debe ser útil. Pues el que ha salido del agua bautismal puede gloriarse de haber sido ordenado sacerdote, obispo y papa, si bien no le corresponde a cualquiera desempeñar tal ministerio. Como todos somos igualmente sacerdotes, nadie debe darse importancia a sí mismo ni atreverse a hacer sin nuestra autorización y elección aquello en lo cual todos tenemos el mismo poder, porque lo que es común, nadie puede arrogárselo sin autorización y orden de la comunidad. Y donde sucediera que alguien, electo para tal ministerio, fuera destituido por abuso, esta persona sería igual que antes. Por ello; un estado sacerdotal no debería ser otra cosa en la cristiandad que el de un funcionario público. Mientras ejerza la función, manda. Si fuera destituido, sería labrador o ciudadano como los demás. Por tanto, un sacerdote ya no es sacerdote en verdad cuando, lo destituyen. Mas ahora han inventado caracteres indelebles y parlotean que un sacerdote destituido es, no obstante, una cosa distinta que un simple laico. Hasta sueñan con que un sacerdote jamás puede ser otra cosa que sacerdote. No puede volverse lego. Empero todo esto es sólo habladuría y ley inventada por el hombre.

De ello resulta que los laicos, los sacerdotes, los príncipes, los obispos y, como dicen, los «espirituales» y los «seculares» en el fondo sólo se distinguen por la función u obra y no por el estado, puesto que todos son de estado espiritual, verdaderos sacerdotes, obispos y papas, pero no todos hacen la misma obra, como tampoco los sacerdotes y monjes no tienen todos el mismo oficio. Y esto lo dicen San Pablo y Pedro, como manifesté anteriormente, que todos somos un cuerpo cuya cabeza es Jesucristo, y cada uno es miembro del otro. Cristo no tiene dos cuerpos ni dos clases de cuerpos, el uno eclesiástico y el otro secular. Es una sola cabeza, y ésta tiene un solo cuerpo.

Del mismo modo, los que ahora se llaman eclesiásticos o sacerdotes, obispos o papas, no se distinguen de los demás cristianos más amplia y dignamente que por el hecho de que deben administrar la palabra de Dios y los sacramentos. Esta es su obra y función. Así la autoridad secular tiene en la mano la espada y el azote para castigar a los malos y proteger a los buenos. Un zapatero, un herrero y un labrador tienen cada uno la función y la obra de su oficio. No obstante, todos son igualmente sacerdotes y obispos ordenados, y cada cual con su función u obra útil y servicial al otro, de modo que de varias obras , todas están dirigidas hacía una comunidad para favorecer al cuerpo y al alma, lo mismo que los miembros del cuerpo todos sirven el uno al otro.

Ahora mira con qué espíritu cristiano se ha establecido y afirmado, que la autoridad secular no esté por encima del clero ni que deba castigarlo. Esto significaría que la mano no debe hacer nada cuando el ojo sufre gravemente. ¿Acaso no es antinatural, por no decir anticristiano, que un miembro deba ayudar al otro e impedir que se corrompa? Cuanto más noble es el miembro, con tanto mayor ahínco deben ayudarlo los demás. Por ello digo: como la autoridad ha sido instituida por Dios para castigar a los malos y proteger a los buenos, se le debe dar la libertad para su función, a fin de actuar sin obstáculos dentro de todo el cuerpo de la cristiandad sin mirar a la persona, aunque caiga sobre el Papa, los obispos, los curas, los monjes, las monjas o lo que sea. Si esto fuera suficiente para disminuir el poder secular, a fin de que sea inferior entre las funciones cristianas al ministerio de los predicadores y de los confesores o al estado eclesiástico, deberíamos entonces impedir también que los sastres, zapateros, carteros, carpinteros, cocineros, bodegueros, labradores y todos los oficios seglares fabricasen al Papa, a los obispos, sacerdotes y monjes artículos tales como zapatos, vestidos, casas, comida y bebidas, y les pagasen contribuciones. Pero si dejan a estos laicos sus obras sin obstruirlas, ¿qué  hacen  los escribientes romanos con sus leyes retirándose de la esfera de acción del poder secular cristiano para poder ser libremente malos? Así cumplen con lo que dice San Pedro: «Habrá entre vosotros falsos maestros […] y por avaricia harán mercadería de vosotros con palabras fingidas» (2 Pedro 2:1, 3).

El zapatero que hace zapatos para la gloria de Dios es un hombre espiritual también.

Por tanto, el poder secular cristiano ha de ejercer su función libremente y con ausencia de obstáculos, sin considerar si toca al Papa, a los obispos y a los sacerdotes. ¡Que sufra quien es culpable! Lo que dice el derecho canónico en contra es pura osadía inventada por los romanos, puesto que San Pablo dice a los cristianos: «Sométase toda persona (creo que también el Papa es una persona) a las potestades superiores […] porque no en vano lleva la espada, pues es servidor de Dios, vengador para castigar al que hace lo malo» (Romanos 13:1, 4). También San Pedro: «Por causa del Señor someteos a toda institución humana» (1 Pedro 2:13). También anunció que vendrían hombres que despreciarían la potestad secular. Así sucedió en efecto por el derecho canónico.

Por tanto, creo que esta primera muralla de papel queda derrumbada, puesto que el gobierno secular se hizo parte del cuerpo cristiano. Aunque tenga una obra corporal, es, no obstante, de estado eclesiástico. Por ello, su obra debe entrar libremente y sin estorbos en todos los miembros del cuerpo entero para castigar y proceder donde la culpa lo merezca o la necesidad lo exija, sin preocuparse si se trata del Papa, de los obispos y de los sacerdotes, por más que amenacen y excomulguen a su antojo. Así sucede que los sacerdotes culpables que se entregan a la justicia secular, previamente son privados de las dignidades sacerdotales, lo que no sería justo, si anticipadamente la espada secular no tuviese poder sobre ellos por orden divina. También es excesivo que en el derecho canónico se destaquen tanto la libertad, el cuerpo y los bienes de los eclesiásticos, como si los laicos no fueran también tan buenos cristianos eclesiásticos o como si no pertenecieran a la Iglesia. ¿Por qué tu cuerpo, tu vida, tus bienes y tu honra son tan libres y no lo mío, puesto que somos igualmente cristianos y tenemos el mismo bautismo, la misma fe, el mismo Espíritu y todas las cosas? Cuando se mata a un sacerdote, se le impone al país el entredicho. ¿Por qué no ocurre también cuando se mata a un labrador? ¿De dónde proviene la diferencia tan grande entre cristianos iguales? De leyes e invenciones meramente humanas.

No debe ser espíritu bueno el que inventara semejante excepción dejando el pecado libre e impune. Todos estamos obligados a luchar contra el espíritu malo, sus obras y palabras, y a expulsarlo como podamos. Así nos lo manda Cristo y sus apóstoles. En consecuencia, ¿cómo nos podría ocurrir que quedemos quietos y callemos cuando el Papa y los suyos pronuncian palabras diabólicas o emprenden obras infernales? ¿Deberíamos renunciar acaso a causa de los hombres al mandamiento divino y a la verdad, que hemos jurado apoyar en el bautismo con cuerpo y vida? Ciertamente seríamos responsables de todas las almas que de este modo quedasen abandonadas y fuesen seducidas. Por ello, el mismo príncipe de los diablos debe haber dicho lo que figura en el derecho canónico: «Si el Papa fuese tan perniciosamente malo que llevara las almas en masa al diablo, no podría, sin embargo, ser destituido». Sobre este maldito y diabólico fundamento se apoyan en Roma, opinando que es mejor que todo el mundo se vaya al diablo que oponerse a su villanía. Si fuera suficiente que uno fuese superior al otro para quedar impune, ningún cristiano podría castigar al otro, puesto que Cristo manda que cada cual se tenga por el menor e ínfimo.

Donde hay pecado, ya no queda evasiva frente al castigo, como escribe San Gregorio, que, si bien todos somos iguales, la culpa sujeta uno al otro. Ahora vemos cómo tratan a la cristiandad. Se arrogan la impunidad, sin prueba bíblica alguna, por propia osadía, mientras Dios y los apóstoles los han sujetado a la espada secular. Existe el peligro de que no se trate del juego del anticristo o de su precursor más inmediato.

Martín Lutero (1483-1546)
A la nobleza cristiana de la nación alemana (1520)
La primera muralla del Catolicismo Romano

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