Agustín: «Dios no obra injustamente convirtiendo a unos y a otros no»

¿Quién, por otra parte, tan impíamente delirará, que diga que Dios no puede convertir al bien las malas voluntades de los hombres que quisiere, cuando quisiere y donde quisiere?

Pero, cuando lo hace, por su misericordia lo hace; cuando no, por juicio no lo hace. Puesto que tiene misericordia de quien quiere, y a quien quiere endurece. Al decir esto el Apóstol, ensalzaba la gracia de Dios; y para este mismo fin ya antes había hablado de aquellos dos mellizos en el útero de Rebeca, que, no habiendo aún nacido, ni habían hecho aún bien ni mal, para que el propósito de Dios, conforme a la elección, no por las obras, sino por el que llama, permaneciese, le fue dicho a ella: El mayor servirá al menor. 

Para esto tomó también otro testimonio profético: Amé a Jacob y odié a Esaú. Mas dándose cuenta de cómo estas palabras podrían intranquilizar a aquellos que no pueden penetrar con su inteligencia la sublimidad de la gracia, dijo: ¿Qué diremos, pues? ¿Que hay injusticia en Dios? De ningún modo. 

Pues parece injusto que, sin mérito alguno de buenas o malas obras, ame Dios a uno y odie al otro. Y si en esto quisiera significar las obras futuras, buenas de aquél o malas de éste, que Dios ciertamente conocía de antemano, de ningún modo diría no por las obras, sino por sus obras futuras; y del mismo modo resolvería la cuestión, o mejor, no propondría cuestión alguna que fuese necesario resolver. Pero, habiendo respondido de ningún modo, esto es, que de ningún modo hay injusticia en Dios, inmediatamente, para demostrar que esto se hacía sin injusticia de parte de Dios, añade: Pues a Moisés le dijo: Tendré misericordia de quien tuviere misericordia, y compasión, de quien tuviere compasión.

Pues ¿quién sino un necio tendrá como injusto a Dios, ora castigue justamente al que lo merece, ora conceda misericordia al que no la merece?

Finalmente, deduce esta consecuencia: Por consiguiente, no es del que quiere ni del que corre, sino de Dios, que tiene misericordia. Así, pues, los dos gemelos, por naturaleza, nacían hijos de ira, no ciertamente por sus obras propias, sino envueltos originalmente por Adán en el vínculo de la condenación. Pero el que dijo: Tendré misericordia de quien tuviere misericordia, amó a Jacob por gratuita bondad, mas odió a Esaú por merecido juicio.

Y estando los dos sujetos al mismo juicio, el uno conoció en el otro que no podía gloriarse de sus diversos méritos, de que, estando en la misma causa, no incurriese en el mismo suplicio, sino que debía gloriarse de la liberalidad de la divina gracia, porque no es del que quiere ni del que corre, sino de Dios, que tiene misericordia. 

Así, por altísimo y saludabilísimo misterio, todo el exterior y, por decirlo así, la fisonomía de las sagradas Escrituras amonesta, a los que bien lo consideran, que el que se gloríe, gloríese en el Señor.

Agustín de Hipona (354-430)
Enchiridion 98

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