Juan Sánchez Araujo: Delirios de grandeza, sueño y soberanía

La actual pandemia está haciendo añicos las pretensiones y falsas esperanzas de los hombres de ser capaces de controlarlo todo y determinar su propio destino. Atribuir a no se sabe qué casualidad o fuerza ciega y no a Dios la presencia del hombre sobre la tierra, o dar el mérito del enorme desarrollo tecnológico (que no de la bondad, ni de la justicia) al ser humano, es mera ilusión. Lo mismo que le sucedía a Nabucodonosor al contemplar la belleza y la prosperidad de Babilonia antes de que se le obligara a reconocer que “el cielo gobierna”[1], que todas las obras de Dios son verdaderas, sus caminos justos y que Él “puede humillar a los que andan con soberbia”[2].

¿Qué fuerza ciega sería capaz de originar un mundo como el nuestro? ¿O cómo podría la casualidad ser la causa de todo lo que existe? ¿O de dónde habría sacado el hombre la sabiduría para sondear las profundidades de la naturaleza y darles uso como lo hace?[3] La perfección con que funciona el universo, la belleza del firmamento[4] y de la tierra (a pesar de los estragos causados por el ser humano) o el milagro mismo de la vida[5], ¿no dejan claro que detrás de todo ello se oculta un Legislador insuperablemente sabio y poderoso y un gran artista de corazón bondadoso[6]? ¿Y no es la explicación más adecuada de la capacidad del hombre el que haya sido hecho a imagen y semejanza de Dios[7]? Desde luego las mejores respuestas a las preguntas más importantes de la vida las encontramos en la Biblia, que también nos explica cómo esa creación tan maravillosa que salió de las manos del Creador[8], y principalmente el hombre, han llegado al estado de degradación en que los vemos hoy en día[9].

Por esta misma razón es ilusorio pensar que el ser humano vaya a comportarse en esta pandemia con la responsabilidad y solidaridad que se le exige desde las altas instancias del poder en lo tocante a reuniones, mascarillas y demás, a menos que se les impongan. Y en eso terminaremos si no volvemos la mirada hacia Dios y emprendemos el único camino de regreso a Él que existe, el cual es Jesucristo[10].

Pero, como dice el refrán, no hay peor ciego que el que no quiere ver[11]. Los delirios de grandeza y de autonomía del hombre acabarán en la mayor hecatombe[12] y dictadura totalitaria que el mundo haya conocido[13], y la paciencia de Dios, aunque grande, no durará para siempre[14]. En palabras del apóstol Pablo: “­Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan; por cuanto ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó, dando fe a todos con haberle levantado de los muertos” (Hechos 17:30-31). Esto es: Jesucristo.

Pero si la enfermedad de este mundo es la ceguera[15], el peligro que corre la Iglesia es el de un sopor invasivo y paralizante. Que la Iglesia de Cristo no dé la voz de alarma en una situación como esta, cuyo remedio se encuentra solamente en Dios (como en Dios está también su origen[16]), denota que se halla sumida en ese sueño funesto del que habla el himno clásico “Despertad, despertad, ¡oh cristianos!”. Uno se pregunta qué es lo que impide que, en nuestro país, el organismo evangélico más representativo, como es la FEREDE, convoque públicamente a los evangélicos y a todos los españoles de buena voluntad al ayuno y la oración por esta España que está entre los países del mundo con más contagios y muertes por coronavirus y también con un mayor grado de descreimiento.

Hacer tal cosa no supondría comprometernos en la política partidista, ni apoyar a políticos de uno u otro signo, sino simplemente cumplir con la misión que tenemos de hacer que la gente y las naciones miren a Dios en busca de socorro[17]. ¡Ni siquiera estaríamos poniendo en peligro nuestros acuerdos con el Estado ni correríamos el riesgo de perder las subvenciones de la fundación Pluralismo y Convivencia, que tanto parecen importarles a algunos! Pero estamos fallando en lo más esencial. Como dice la canción de Marcos Vidal: “¿Qué te pasa Iglesia amada que no reaccionas, solo a veces te emocionas y no acabas de cambiar…?”.

Pero a pesar de las ensoñaciones de esta generación y las maquinaciones de sus líderes políticos, que tratan de imponer sus propios designios aprovechando la situación de pandemia y el hecho de que “piel por piel todo lo que el hombre tiene dará por su vida”[18], Dios es el que está cumpliendo su propósito eterno en Cristo Jesús a través de todo ello[19]. La Iglesia debería ser consciente de esto y hacer oír las palabras del Señor que dicen: “Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra, porque yo soy Dios, y no hay más. Por mí mismo hice juramento, de mi boca salió palabra en justicia, y no será revocada. Que a mí se doblará toda rodilla, y jurará toda lengua” (Isaías 45:22-23)[20]. Y también: “Ahora, pues, oh reyes, sed prudentes; admitid amonestación, jueces de la tierra. Servid al Señor con temor, y alegraos con temblor. Honrad al Hijo, para que no se enoje, y perezcáis en el camino; pues se inflama de pronto su ira. Bienaventurados todos los que en él confían” (Salmo 2:10-12)[21].

Juan Sánchez Araujo


[1] Daniel 4:26

[2] Daniel 4:29.37

[3] Proverbios 8

[4] Salmo 8

[5] Génesis 2:7; Juan 1:4

[6] Hechos 17:24-25; Salmo 104:10-24

[7] Génesis 1:26-27

[8] Génesis 1:31

[9] Génesis 2:16-17; 3:17-19

[10] Juan 14:6; Hechos 4:12; 1 Timoteo 2:5-6

[11] Romanos 1:20-21 y ss.

[12] Apocalipsis 17:12-17

[13] 2 Tesalonicenses 2:1-12

[14] 2 Pedro 3:9

[15] 2 Corintios 4:3-4

[16] Isaías 45:5-7; Amós 3:6; Apocalipsis 1:8, 11, 17-18

[17] Isaías 45:22

[18] Job 2:4. La única verdad que el diablo parece haber dicho en toda su larga vida.

[19] Efesios 3:8-11; Apocalipsis 10:5-7; 11:16-18

[20] Filipenses 2:9-11

[21] Apocalipsis 6:15-17

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