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Juan Calvino: Comentario al Credo apóstolico

Acabamos de exponer lo que obtenemos en Cristo por la fe. Escuchemos ahora lo que nuestra fe debe mirar y considerar en Cristo para consolidarse. Esto está desarrollado en el Símbolo (como se le llama), en el que vemos cómo Cristo fue hecho para nosotros, por el Padre, sabiduría, redención, vida, justicia y santificación.

Poco importa el autor o autores que compusieron este resumen de la fe, puesto que no contiene ninguna enseñanza humana, sino que proviene de los firmísimos testimonios de la Escritura. Pero con el fin de que nuestra confesión de fe en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo no perturbe a nadie, hablemos primero un poco de ella.

Cuando nombramos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, no nos imaginamos tres dioses; sino que la Escritura y la experiencia de la piedad nos muestran en el Ser único de Dios, al Padre, a su Hijo y a su Espíritu. De modo que nuestra inteligencia no puede comprender al Padre sin comprender igualmente al Hijo en el cual brilla su viva imagen, y al Espíritu en el cual aparece su poder y su fuerza.

Detengámonos, pues, y fijemos todo el pensamiento de nuestro corazón en un solo Dios. Y sin embargo contemplemos siempre al Padre con el Hijo y su Espíritu.

1. CREO EN DIOS PADRE TODOPODEROSO, CREADOR DEL CIELO Y DE LA TIERRA

Estas palabras no sólo nos enseñan a creer que Dios existe, sino también, y sobre todo, a reconocer que es nuestro Dios y a tener por cierto que formamos parte de aquellos a quienes Él promete que será su Dios y que ha recibido como pueblo suyo. A Él se le atribuye todo poder: dirige todo con su providencia, lo gobierna con su voluntad y lo conduce con su fuerza y con el poder de su mano.

Decir «creador del cielo y de la tierra», significa que cuida, sostiene y vivifica perpetuamente todo lo que creó una vez.

2. Y EN JESUCRISTO, SU UNICO HIJO, NUESTRO SEÑOR

Lo que hemos enseñado más arriba, a saber, que Cristo es el objeto mismo de nuestra fe, aparece claramente en estas palabras que describen en Él todos los aspectos de nuestra salvación. Le llamamos Jesús, título con que le honra una revelación celestial, pues ha sido enviado para salvar a los suyos de sus pecados. Por esta razón la Escritura afirma que «no hay otro nombre debajo del cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos».

El título de Cristo significa que ha recibido con plenitud la unción de todas las gracias del Espíritu Santo (simbolizadas en la Escritura por el óleo), sin las cuales caemos como ramas secas y estériles.

Esta unción le consagró:

Primero como Rey, en el nombre del Padre, para tener todo poder en el cielo y en la tierra, a fin de que fuésemos nosotros reyes por Él, con dominio sobre el diablo, el pecado, la muerte y el infierno.

En segundo lugar como Sacerdote, para damos la paz y reconciliación con el Padre por medio de su sacrificio, a fin de que fuésemos sacerdotes por Él, ofreciendo al Padre nuestras plegarias, nuestras acciones de gracias, nosotros mismos y todo lo que nos pertenece, ya que es nuestro intercesor y nuestro mediador.

Además se le llama Hijo de Dios, no como los fieles que lo son solamente por adopción y por gracia, sino como verdadero y legítimo Hijo que lo es, y por consiguiente el único, en contraposición a nosotros.

Él es nuestro Señor, no sólo según su divinidad, que es desde toda la eternidad una sola con el Padre, sino también según esta carne creada en la que se nos ha revelado.

Como dice San Pablo: «Nosotros empero no tenemos más que un Dios, el Padre, del cual son todas las cosas, y nosotros en Él; y un Señor Jesucristo, por el cual son todas las cosas, y nosotros por Él».

3. QUE FUE CONCEBIDO DEL ESPIRITU SANTO, NACIÓ DE LA VIRGEN MARIA

Se nos recuerda aquí como el Hijo de Dios se hizo para nosotros Jesús -es decir Salvador- y Cristo -es decir Ungido- como Rey para guardamos y como Sacerdote para reconciliamos con el Padre.

Tomó nuestra carne para, una vez hecho Hijo del hombre, conseguir hacernos, con Él, hijos de Dios. Se revistió de nuestra pobreza para colmamos de sus riquezas. Tomó nuestra debilidad para fortalecemos con su fuerza. Se revistió de nuestra condición mortal para damos su inmortalidad. Descendió a la tierra para elevamos al cielo.

Nació de la Virgen María para ser reconocido como el verdadero hijo de Abraham y de David, prometido por la Ley y los Profetas, y como verdadero hombre, semejante en todo a nosotros, pero sin pecado. Fue tentado según todas nuestras debilidades, aprendiendo de este modo a tener compasión de nosotros. Fue sin embargo concebido en el seno de la Virgen por el poder maravilloso e inefable del Espíritu Santo; pero nace sin ser manchado por ninguna corrupción carnal, antes al contrario, santificado con una excelsa pureza.

4. PADECIÓ BAJO PONCIO PILATO, FUE CRUCIFICADO; MUERTO Y SEPULTADO, DESCENDIÓ A LOS INFIERNOS

Estas palabras nos enseñan cómo realizó nuestra redención para la cual había nacido como hombre mortal. Él borró la desobediencia del hombre, que provocaba la cólera de Dios, por medio de su obediencia, haciéndose obediente al Padre hasta la muerte. Se ofreció en sacrificio al Padre por medio de su muerte, para que se aplacase la justicia del Padre de una vez para siempre, para que todos los fieles fuesen santificados eternamente, para que se cumpliese la eterna satisfacción. Derramó su sagrada sangre como precio de nuestra redención para apagar la cólera de Dios, encendida contra nosotros, y para purificarnos de nuestras iniquidades.

Nada existe en esta redención sin misterio.

Padeció bajo Poncio Pilato, cuya sentencia le condenó como criminal y malhechor, para ser nosotros liberados con esta condena y absueltos ante el tribunal del gran Juez.

Fue crucificado para soportar en la cruz -que estaba maldita según la Ley de Dios- la maldición que merecían nuestros pecados.

Murió para vencer con su muerte a la muerte que nos amenazaba, y para devorarla, sin lo cual ella misma nos hubiera devorado y tragado a todos.

Fue sepultado para ser, unidos a Él por la eficacia de su muerte, sepultados con nuestro pecado y librados del poder del diablo y de la muerte.

Y si se dice que descendió a los infiernos, eso significa que fue herido por Dios y que soportó y experimentó el horrible rigor del juicio de Dios, interponiéndose Él mismo entre la cólera de Dios y nosotros, y satisfaciendo por nosotros a la justicia de Dios. De este modo sufrió y soportó el castigo que merecía nuestra injusticia, siendo así que no había en Él ni sombra de pecado. No es que haya estado nunca el Padre irritado contra Él: ¿cómo podría haberse indignado contra su Hijo bien amado, en quien ponía toda su complacencia? Por otra parte, ¿cómo hubiera podido el Hijo aplacar al Padre con su intercesión, si le hubiera irritado? Antes al contrario, Él sobrellevó el peso de la cólera de Dios en el sentido de que, herido y abrumado por la mano de Dios, sintió en sí todos los signos de la cólera y de la venganza de Dios, hasta verse obligado a gritar en su angustia: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?»

5. AL TERCER DIA, RESUCITÓ DE ENTRE LOS MUERTOS, SUBIÓ AL CIELO, ESTA SENTADO A LA DIESTRA DE DIOS PADRE TODOPODEROSO Y DE ALLI VENDRA A JUZGAR A LOS VIVOS Y A LOS MUERTOS

Por su resurrección tenemos la firme seguridad de conseguir la victoria sobre el dominio de la muerte. En efecto, no pudo ser retenido en las cadenas de la muerte, sino que se libró de ellas con todo su poder, destruyendo así las armas de la muerte, para que nunca jamás pudiesen alcanzamos mortalmente.

Su resurrección es, pues, la verdad segura, la sustancia y fundamento, no sólo de nuestra resurrección futura, sitio también de esta resurrección presente que nos permite vivir una nueva vida.

Con su ascensión al cielo, nos ha abierto esta puerta del Reino de los cielos que estaba cerrada para todos en Adán. En efecto, El entró en el cielo con nuestra naturaleza humana como en nombre nuestro, de modo que ya poseemos en Él el cielo por la esperanza, y nos sentamos con El en lugares celestiales. Por nuestro bien entró El en el santuario de Dios, que no ha sido hecho por mano de hombre, para ser perpetuamente, según su oficio de eterno Sacerdote, nuestro abogado y nuestro mediador.

Está sentado a la diestra de Dios Padre. Esto quiere decir en primer lugar, que ha sido establecido y declarado Rey, Maestro y Señor de todas las cosas, para protegemos y amparamos con su poder, de suerte que su reino y su gloria sean nuestra fuerza, nuestro poder y nuestra gloria contra los infiernos.

En segundo lugar, quiere esto decir que ha recibido todas las gracias del Espíritu Santo para dispensarlas a sus fieles y enriquecerles con ellas. De este modo, aunque su cuerpo subió al cielo y por eso ya no está presente a nuestros ojos, sin embargo no cesa de ayudar a sus fieles con su socorro y el poder manifiesto de su presencia, según la promesa: «He aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo».

Añade, finalmente, que el último día, visiblemente, como se le vio subir, aparecerá ante todos en la majestad incomprensible de su Reino para juzgar a los vivos y a los muertos (es decir, a los que aquel día les sorprenderá en vida, y a los que entonces estarán ya muertos), dando a cada uno según sus obras, según que cada uno, por sus obras, se haya mostrado fiel o infiel. Para nosotros es un consuelo extraordinario saber que el juicio está puesto en manos de Aquel cuya venida tendrá por única finalidad salvamos.

6. CREO EN EL ESPÍRITU SANTO

Enseñamos a creer en el Espíritu Santo, quiere decir que se nos manda esperar en Él todos los bienes que nos han sido prometidos en la Escritura.

Todo lo que existe de bueno, sea donde sea, lo hace Jesucristo por el poder de su Espíritu. Por Él crea, sostiene, conserva y vivifica todas las cosas. Por Él nos justifica, santifica, purifica, llama y atrae hacia sí, para que obtengamos la salvación.

Por eso el Espíritu Santo, cuando habita de este modo en nosotros, es quien nos ilumina con su luz para que aprendamos y sepamos perfectamente las infinitas riquezas que, por la divina bondad, poseemos en Cristo. El Espíritu Santo es quien inflama nuestros corazones con el fuego de un ardiente amor a Dios y al prójimo. Es Él quien, cada día y cada vez más, mortifica y destruye los vicios de nuestra codicia, de modo que si hay en nosotros algunas obras buenas, son frutos y efectos de su gracia. Sin Él no habría más que tinieblas en nuestra inteligencia y perversidad en nuestro corazón.

7. CREO EN LA SANTA IGLESIA UNIVERSAL, EN LA COMUNIÓN DE LOS SANTOS

Ya hemos visto la fuente de donde brota la Iglesia en la que se nos propone aquí creer para estar seguros de que todos los elegidos están unidos, por los lazos de la fe, en una Iglesia, en una comunidad, en un pueblo de Dios, cuyo guía, príncipe y jefe de este como cuerpo único es Jesús, nuestro Señor; pues los creyentes han sido elegidos en Cristo antes de la creación del mundo para estar todos unidos en el Reino de Dios.

Esta sociedad es católica, es decir universal, pues no hay dos o tres. Todos los elegidos de Dios están juntos y unidos en Cristo, de tal modo que dependen de un solo Jefe, creen en un solo cuerpo y están unidos unos a otros por una disposición parecida a la de los miembros de un mismo cuerpo. Se han hecho con toda verdad uno, porque, teniendo una misma fe, una misma esperanza, un mismo amor, viven de un mismo Espíritu de Dios, y están llamados a una misma herencia: la vida eterna.

Esta sociedad es además santa, pues todos los que son elegidos por la eterna providencia de Dios para ser acogidos como miembros de la Iglesia, son santificados por el Señor y regenerados espiritualmente.

Las palabras comunión de los santos explican todavía más claramente lo que es la Iglesia: la comunión de los fieles consiste en que, cuando uno de ellos ha recibido de Dios algún don, todos participan de él, si bien, por la dispensación de Dios, este don ha sido dado a uno de ellos en particular, del mismo modo que los miembros de un mismo cuerpo, dentro de su unidad, participan entre sí de todo lo que tienen, aunque cada uno tenga sus dones particulares y sean diversas sus funciones.

Pues, lo repito, todos los elegidos están juntos y reunidos en un solo cuerpo.

Creemos que la Iglesia es santa y lo mismo su comunión, de tal suerte que garantizados por una firme fe en Cristo tenemos la certeza de ser miembros de ella.

8. CREO EN LA REMISIÓN DE LOS PECADOS

Nuestra salvación reposa y se sostiene sobre el fundamento de la remisión de los pecados. Esta remisión es en efecto la puerta para acercamos a Dios, y el medio que nos retiene y nos guarda en su Reino.

Toda la justicia de los fieles se resume en la remisión de los pecados. Pues esta justicia no se obtiene por mérito alguno, sino por la sola misericordia del Señor.

Oprimidos, afligidos y confundidos por la conciencia de sus pecados, los fieles se sienten humillados por el sentimiento del juicio de Dios, se sienten disgustados, gimen y trabajan como bajo una pesada carga y, por este odio al pecado y esta confusión, mortifican su carne y todo lo que sólo proviene de ellos mismos.

Para tener gratuitamente la remisión de los pecados, Cristo mismo la ha comprado pagándola al precio de su propia sangre. Sólo en esta sangre debemos buscar la purificación de nuestros pecados y su reparación.

Se nos enseña pues, a creer que la generosidad de Dios y el mérito de la intercesión de Jesucristo nos han otorgado a nosotros, que hemos sido llamados e injertados en el cuerpo de la Iglesia, la remisión de los pecados y la gracia. En ninguna otra parte ni por ningún otro medio nos ha sido dada la remisión de los pecados, pues fuera de esta Iglesia y de esta comunión de los santos no existe salvación.

9. CREO EN LA RESURRECCIÓN DE LA CARNE Y EN LA VIDA ETERNA

En primer lugar se nos enseña aquí a esperar la resurrección futura. En virtud del mismo poder con que resucitó a su Hijo de entre los muertos, el Señor llamará a una nueva vida, fuera del polvo y de la corrupción, a la carne de los que murieron con anterioridad al día del gran Juicio. Quienes se encuentren entonces con vida pasarán a la nueva vida por una repentina transformación, más bien que por la forma ordinaria de la muerte.

Las palabras vida eterna se añaden para distinguir el estado de los buenos del de los malos. La resurrección, en efecto, será común para unos y otros, pero conducirá a estados diferentes. Nuestra resurrección será tal que, una vez resucitados de corrupción a incorrupción, de muerte a vida, y glorificados en nuestro cuerpo y en nuestra alma, el Señor nos recibirá en la eterna bienaventuranza, sin posibilidad alguna de mutación y de corrupción.

Tendremos una verdadera y completa perfección de vida, de luz y de justicia, ya que estaremos unidos inseparablemente al Señor, que contiene en sí precisamente, como fuente que no puede agotarse, toda la plenitud.

Esta bienaventuranza será el Reino de Dios; ese Reino lleno de luz, de alegría, de felicidad y de plenitud. Estas realidades están ahora muy lejos del conocimiento de los hombres, y las vemos tan sólo como en un espejo y de una manera confusa, hasta que llegue el día en que el Señor nos concederá ver su gloria cara a cara.

Por el contrario, los réprobos y los malos que no buscaron ni honraron a Dios con una auténtica y viva fe, no tendrán parte en Dios ni en su Reino. Serán arrojados a la muerte inmortal y a la corrupción incorruptible, con todos los demonios. Y, lejos de toda alegría, de toda plenitud y de todos los demás bienes del Reino celestial, condenados a tinieblas perpetuas y a eternos sufrimientos, se verán roídos por un gusano que nunca morirá y quemados por un fuego que nunca se apagará.

Juan Calvino
Breve instrucción cristiana – Tercera parte: De la fe
9.- El símbolo de la fe

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