Juan Sánchez Araujo – La apostasía de Occidente – ¿Hacia un mundo mejor?

Últimamente nos preguntamos con más frecuencia qué anda mal en el mundo y por qué todo parece conspirar contra nosotros de un modo especialmente acentuado. ¿O será que tienen razón los que dicen que estas cosas siempre han sucedido y nos abruman más ahora por la cantidad y el ámbito más amplio de la información que recibimos? Pandemias, volcanes, terremotos, sequías, inundaciones y guerras nunca han faltado en la historia…[1]

Lo que sí es cierto es que hoy en día todo el planeta está interconectado de manera estrecha por una red de relaciones y compromisos mutuos que hace que los conflictos —ya sean políticos, económicos, militares o de otras índoles— nos afecten globalmente mucho más que antes. Los europeos dependemos de Rusia para fuentes de energía fósil tales como el petróleo, el gas o el carbón. Los españoles, por nuestra parte, de Argelia —quien tampoco es un proveedor garantizado, sobre todo después de la reciente declaración del Gobierno español en cuanto a la soberanía de Marruecos sobre el Sahara— para el gas natural, y también de Francia, que nos aporta electricidad procedente de sus centrales nucleares. Gran parte de Europa y del mundo se apoya ampliamente en Ucrania para los cereales, el aceite de girasol —tan importante para los españoles— y minerales como el galio o el germanio, muy necesarios en la fabricación de chips para la electrónica, la fibra óptica, etc., y cuya escasez mantiene en vilo a muchas industrias, entre ellas la de la automoción.

China, por su parte, también cuenta con esa clase de minerales, pero depende en buena medida de Estados Unidos, Rusia, la Unión Europea y Japón para su importante actividad comercial y su desarrollo tecnológico; de ahí su reticencia a definirse en cuanto a la invasión de Ucrania por los rusos. Estamos todos atrapados en una maraña endiablada —nunca mejor dicho— de interdependencias, que hace sumamente difícil solucionar los problemas que se nos presentan actualmente. Sobre todo, si no se tienen valores bien definidos y cada país o bloque de países busca al mismo tiempo nadar y guardar la ropa o —como suele decirse— “mojarse” lo menos posible.

Los principios éticos de la justicia, el derecho, la defensa de los más débiles y otros grandes valores de los que alardea el mundo Occidental se han ido difuminando y no son los que mueven a los gobernantes actuales a la hora de tomar sus decisiones. Más bien estos actúan en función de la conveniencia, el interés político, la economía o incluso el miedo. Miedo a que nos falte lo nuestro; sin importarnos lo que les suceda a otros, si ello requiere algún sacrificio serio por nuestra parte. Miedo, por ejemplo, a una III Guerra Mundial, que es lo que explotan los más osados —como Vladimir Putin— para avanzar en sus proyectos de expansión y hegemonía, y paralizar a quienes ya han logrado atemorizar. Aunque sepan muy bien que ellos mismos también serían victimas si se produjera una conflagración así, lo cual constituye un factor disuasorio de primer orden.

Pero el mundo occidental, salvo honrosas excepciones —como las de ciertos presidentes europeos que no llegan a contarse con los dedos de una mano—, ha perdido el arrojo y la valentía de los grandes hombres, de los grandes países, y observa, con vergonzosa cautela, cómo un matón de presidente los amenaza mientras destruye ante sus propios ojos a un país más débil que les pide auxilio. Como dice Isaías: “Se destruyó, cayó la tierra; enfermó, cayó el mundo; enfermaron los altos pueblos de la tierra. Y la tierra se contaminó bajo sus moradores; porque traspasaron las leyes, falsearon el derecho, quebrantaron el pacto sempiterno” (Isaías 24:4-5)[2].

La apostasía de nuestra sociedad[3], que trata de dejar a Dios fuera del cuadro —como si Él no tuviera nada que ver con lo que pasa[4] o si mucho de ello no constituyera hechos o juicios suyos[5]— y ha olvidado su herencia cristiana que la hizo grande (aunque no fuera perfecta), es la causante de su pérdida de fibra moral, que la deja sin recursos para sus juicios y decisiones éticas y la acobarda ante sus enemigos[6]. Porque los valores que hoy dicen tener Europa y el mundo occidental en su conjunto —los buenos valores—, provienen del cristianismo, no de la cultura politeísta griega ni del humanismo renacentista no cristiano, ni de la Ilustración y la Revolución Francesa, ni del socialismo o el comunismo, ni los ha inventado el humanismo secular actual. Hay otros “valores” que se propugnan hoy en día que no tienen ningún “valor añadido” para la sociedad, ni aportan nada bueno a la humanidad, sino que más bien la degradan[7]. Pero todos se han abalanzado sobre la herencia de la Iglesia de Jesucristo para apropiarse sus valores eternos. ¡Como si el amor al prójimo[8] y el altruismo[9], el perdón y la restauración de los malhechores arrepentidos[10] o el servicio desinteresado de los gobernantes[11], entre otros, los hubiera concebido el hombre aparte Dios, y pudiera hacerlos realidad sin su concurso! ¡Como si la sociedad secular hubiera alumbrado por su cuenta los derechos humanos u otras cosas por el estilo!

El excluir toda mención de Dios de la Constitución Española o de aquella de la Unión Europea, entre otras cosas, y el no dar la gloria y las gracias que le son debidas a nuestro buen Creador y Redentor, confirmó nuestra apostasía, puso uno de los últimos clavos en el ataúd de nuestra civilización occidental y es la causa de la decadencia ética y moral que nos acosa[12], cumpliéndose nuevamente las palabras del profeta Isaías: “Y el derecho se retiró, y la justicia se puso lejos; porque la verdad tropezó en la plaza, y la equidad no pudo venir. Y la verdad fue detenida, y el que se apartó del mal fue puesto en prisión; y lo vio Jehová, y desagradó a sus ojos, porque pereció el derecho”[13]. Nuestra decadencia y los juicios que sufrimos se los debemos a nuestro olvido de Dios[14], y la corrupción rampante que padece nuestra sociedad es el castigo derramado sobre una humanidad impía que pretende haber superado los valores del cristianismo y estar conduciéndonos a un mundo mejor[15]. ¡Hay que ser ciego para creer tal cosa!

Juan Sánchez Araujo


[1] Mateo 24:6-7

[2] Léase todo el capítulo.

[3] 2 Tesalonicenses 2:3

[4] Eclesiastés 7:14;

[5] Eclesiastés 11:5; Isaías 26:7-10; Romanos 1; 2 Tesalonicenses 2:11-12

[6] Salmo 80:12-14

[7] Romanos 1:26-27; Salmo 106:38

[8] Mateo 22:37-39; 5:38-48

[9] 1 Juan 3:16-18

[10] Lucas 23:38-43

[11] Mateo 20:25-28

[12] Romanos 1:18-32

[13] Isaías 59:14-15

[14] Isaías 50:22

[15] Isaías 36:13-17

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2 comentarios sobre «Juan Sánchez Araujo – La apostasía de Occidente – ¿Hacia un mundo mejor?»

  1. Es tan así, que el lema de mi país es: «Dios, Patria y Libertad» y, además, lleva en el centro de su escudo la Biblia abierta… sin ese Dios libertador nada tuviéramos y nada fuéramos. 🇩🇴

  2. Bendiciones infinitas del Señor. La respuesta a esta pregunta ¿Hacía un mundo mejor? efectivamente la encontramos en la palabra del Señor “la maldad irá en aumento” o en aquella que nos anticipa: “cuando digan paz y seguridad, vendrá muerte repentina” (disculpen si no cito las referencias bíblicas, por favor confirmen mis hermanos más versados sobre el tema).
    Esto nos plantea una gran reflexión y meditación en las advertencias de nuestro Padre Celestial y del hermano Juan Sánchez Araujo, quien magistralmente ubica el problema contemporáneo.
    Como pueblo de Dios, ¿estamos preparados para enfrentar el o los días malos? . ¿El miedo nos paraliza, o es la fe que rompe cualquier barrera hacia nuestro encuentro con el Señor Jesús?. Muchas gracias hermano Araujo, por plantearnos estas interrogantes. Gloria a Dios. Maranatha. Amén. Reciban saludos desde Caracas, Venezuela🌷🌹😘

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