2 Juan 1: Comentario

Autor: El apóstol Juan (1:1).

Destinatarios: Una congregación local desconocida (1:1).

Año de redacción: Los años ochenta o noventa del primer siglo.

Estructura del libro:

  1. El amor (1:1-6)
  2. Los anticristos (1:7-11)
  3. Despedida (1:12-13)

1.- EL AMOR (1:1-6)

1:1

El anciano. El autor de la carta es un discípulo directo del Señor Cristo, el apóstol Juan. Su autoridad espiritual fue tan ampliamente reconocida que ni siquiera hizo falta que se nombrara a sí mismo. Era muy joven cuando Cristo le llamó; pero en los años ochenta/ noventa, había llegado a ser un varón avanzado de edad. Algunos piensan que el término “anciano” alude a su autoridad dentro de la iglesia; otros a su edad. La primera opción nos parece más probable.

A la señora elegida. La “señora elegida” tendría que ser una congregación local. Primero, si Juan quiso escribir a una señora concreta, ¿por qué no nombrarla? Nombró a Gayo en 3 Juan. Segundo, ¿cómo puede esta señora ser amada “por todos los que han conocido la verdad” (v. 1)? ¿Cuál mujer cristiana de los años ochenta/ noventa sería lo suficientemente conocida para ser amada por todos los santos? Tendría más sentido interpretar esta expresión a la luz de una iglesia local. Tercero, el Nuevo Testamento utiliza metáforas femeninas para hablar de la iglesia. Ella es la novia y la esposa de Cristo. Aquí es la “señora”, esto es, la esposa del “Señor”. Cuarto, el apóstol Pedro también usa la expresión “elegida” para referirse a una iglesia local (1 Pedro 5:13). Quinto, el contenido de la carta se aplicaría más bien a una congregación local.

Y a sus hijos. Los hijos de la señora son los miembros de la congregación local.

A quienes yo amo. Juan ama a la congregación; no a un grupo selecto de la misma. La redacción de esta segunda carta es fruto de su amor.

En la verdad. El amor verdadero, nacido de Dios, es fiel a la verdad y se regocija en ella. El amor y la verdad no se pueden separar.

Y no solo yo, sino también todos los que han conocido la verdad. El pueblo de Cristo es el pueblo que conoce la verdad. Y los creyentes –como el anciano Juan- aman a otros creyentes.

1:2

A causa de la verdad que permanece en nosotros y estará para siempre con nosotros. La verdad de Cristo impulsa al pueblo cristiano a amar a sus hermanos en la fe, incluso aquellos de otras congregaciones.

1:3

Sea con vosotros gracia, misericordia y paz. “Gracia” es recibir lo que no se merece. Lo que los creyentes han recibido –gracias al Padre y al Hijo- es la vida eterna. “Misericordia” es no recibir lo que sí se merece. Lo que no los cristianos no han recibido –gracias al Padre y al Hijo- es la condenación eterna. “Paz” es tanto objetiva como subjetiva. Es objetiva porque que hay paz legal entre Dios y los creyentes. Y es subjetiva dado que el cristiano disfruta de un reposo personal al darse cuenta de que ya no está bajo la ira eterna de un Dios santo.

De Dios Padre y del Señor Jesucristo, Hijo del Padre, en verdad y en amor. Es gracias al Padre y al Hijo que las bendiciones de gracia, misericordia y paz alcanzan a los creyentes.

1:4

Mucho me regocijé porque he hallado a algunos de tus hijos andando en la verdad. Juan quería ver a sus hermanos crecer en santificación y por eso se alegró tanto al encontrarse con ciertos hermanos que estaban caminando conforme a la Palabra de Dios. En cuanto a la expresión “algunos de tus hijos” hay dos posibles interpretaciones. La primera (y la más probable) es que el apóstol solamente se había topado con un pequeño grupo de los creyentes de aquella congregación local. Ya que eran pocos, Juan aclara que “algunos” andaban en la verdad. La segunda es que Juan había conocido a un grupo mixto de creyentes obedientes y desobedientes y que solamente “algunos” de ellos eran fieles al Señor.

Conforme al mandamiento que recibimos del Padre. El andar en la verdad es caminar según el mandamiento del Padre.

1:5

Y ahora te ruego, señora. La humildad del apóstol es notable. En vez de mandar, ruega a la iglesia con amor pastoral.

No como escribiéndote un nuevo mandamiento, sino el que hemos tenido desde el principio, que nos amemos unos a otros. Juan repite un mandamiento que los cristianos habían recibido al “principio” de la era cristiana, esto es, el mandato de amarse mutuamente (Juan 13:34; 15:12, 17).

1:6

Y este es el amor, que andemos según sus mandamientos. Juan define el amor cristiano en términos de obediencia. Un amor que desobedece los mandamientos no es de Dios. Los que aman a Cristo obedecen a Cristo (Juan 14:15, 21, 24). El amor cristiano no se puede utilizar para defender el antinomianismo.

Este es el mandamiento: que andéis en amor, como vosotros habéis oído desde el principio. El amor y los mandamientos andan cogidos de la mano. El que ama, cumple los mandamientos. Y el que cumple los mandamientos, ama. La tríada del amor, los mandamientos y la verdad es inseparable (vv. 4-6).


2.- LOS ANTICRISTOS (1:7-11)

1:7

Porque muchos engañadores han salido por el mundo, que no confiesan que Jesucristo haya venido en carne. Los creyentes se ven obligados a caminar en amor, en los mandamientos y en la verdad (vv. 4-6) ante el avance de ciertos “engañadores” que estaban predicando a otro Jesús. Estos mentirosos habían salido de la iglesia apostólica (de allí su falta de amor fraternal) negando la doctrina de la encarnación insinuando que si Cristo hubiese asumido un cuerpo humano sería inmundo.

Quien hace esto es el engañador y el anticristo. Aquel que predica a otro Jesús es el anticristo. No es que el anticristo niegue a Cristo abiertamente sino que modifica la cristología apostólica enseñando que Cristo es algo que no es o que no es algo que sí es.

1:8

Mirad por vosotros mismos, para que no perdáis el fruto de vuestro trabajo, sino que recibáis galardón completo. El apóstol advierte a los hermanos a la hora de dar la bienvenida a los anticristos itinerantes. Los santos tienen que estar en alerta, ejerciendo sus facultades críticas y rehusando recibir a tales engañadores en casa. Dios promete recompensar a su pueblo por sus buenas obras; pero los creyentes podrían llegar a perder algo de su recompensa por hospedar a lobos (vv. 10-11).

1:9

Cualquiera que se extravía, y no persevera en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios; el que persevera en la doctrina en la doctrina de Cristo, ése sí tiene al Padre y al Hijo. El apóstol no permite ninguna discrepancia tocante a la encarnación. Negar la humanidad de Cristo es una herejía destructora. Predicar a otro Jesús es un acto de blasfemia y de idolatría. Cualquiera que niega la encarnación, pues, se opone a Dios.

1:10

Si alguno viene a vosotros, y no trae esta doctrina, no lo recibáis en casa, ni le digáis: ¡Bienvenido! Los vv. 10-11 aclaran el significado del v. 8. El apóstol no quiere que los santos hospeden a los anticristos itinerantes que habían salido de la iglesia apostólica predicando a otro Jesús (un Jesús no encarnado). El problema con negar la encarnación es que todo el sistema de la salvación se viene para abajo. Si Cristo no asumiera una naturaleza humana, ¿cómo podría ser el sustituto de los seres humanos en la cruz? Por lo tanto, los cristianos no pueden recibir a semejantes predicadores en casa ni darles palabras de ánimo. Cerrar la puerta a un falso profeta es un acto de amor hacia Dios y hacia la iglesia.

1:11

Porque el que le dice: ¡Bienvenido! participa en sus malas obras. El que hospeda a un anticristo participa en sus malas obras porque, además de dar cierta credibilidad a su ministerio público, le está ayudando a propagar sus mentiras. Recibir a un falso maestro en casa, entonces, no es un acto de amor sino de desobediencia y de injusticia. Equivale a atentar contra el Cristo de los apóstoles.


3.- LA DESPEDIDA (1:12-13)

1:12

Tengo muchas cosas que escribiros, pero no he querido hacerlo por medio de papel y tinta, pues, espero ir a vosotros y hablar cara a cara, para que nuestro gozo sea cumplido. El apóstol acaba la epístola despidiéndose de los hermanos con palabras tiernas, revelando que tiene la intención de ir a visitarlos en persona. Quería recrearse en la presencia de los hermanos.

1:13

Los hijos de tu hermana, la elegida, te saludan. Amén. Juan envía un saludo a la iglesia de parte de su propia congregación local. Como en el v. 1, la expresión “la elegida” se refiere a una iglesia local.